28 de July de 2010 00:00

Todo o nada

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Manuel Terán

Parecería que esa es la carta que se jugó el gobierno el fin de semana. A sabiendas que reformar el régimen legal de los hidrocarburos por la vía normal se hubiese tornado engorroso y demorado, optó por la vía rápida otorgándole tratamiento de urgente previsto en la Constitución. Bajo esa visión probablemente, desde el primer momento, en el Ejecutivo se pensó que el texto del proyecto no debía ser cambiado en nada y que la ley debía salir tal cual se la había concebido en Carondelet. Los tiempos políticos se presentaron de otra manera y ya no existieron los votos para que la aprobación se diese según la intención inicial. No quedaba más que se convierta en ley una vez que feneciera el plazo previsto en la carta política para su aprobación o rechazo, como efectivamente sucedió la noche del domingo. Se podría afirmar que resultaron varios los perdedores en estas escaramuzas.

En primer lugar, el gobierno que no alcanza a reunir al interior de la Asamblea una mayoría incondicional que le permita imponer su voluntad, sin más consideraciones, como en otras ocasiones. A futuro se verá en la necesidad de sumar apoyos caso por caso. La solución de la ‘muerte cruzada’ tampoco le otorga ninguna garantía que pueda reconstruir la mayoría legislativa en las urnas. Pudiera resultar al revés, si se tiene en cuenta lo cambiante de las intenciones de voto de los ecuatorianos, a más de que ya no tiene ese grupo de aliados con un voto disciplinado que, al tratarse de elecciones pluripersonales, inclinan la balanza sin dudarlo. Más allá de lo que se diga, este mecanismo constitucional hará pensar a más de uno al interior del gobierno antes de aplicarlo.

La oposición tampoco alcanza logros, porque está conformada por grupos desarticulados que difícilmente puedan encuadrase en un proyecto común, salvo el que transitoriamente han encontrado: evitar que se impongan a rajatabla las tesis gubernamentales. Pero de allí no pasan. No tienen propuestas alternativas que puedan transmitir como válidas, ni tampoco un proyecto político que permita avizorar la construcción de una democracia sostenida en instituciones fuertes. Al parecer la agenda la sigue marcando el gobierno.

Por último, la gran perdedora es la ciudadanía que se ve privada de tener un marco referencial sólido cimentado en la institucionalidad, lograda a través de los consensos y acuerdos mínimos que permitan establecer una agenda común, elemento sustancial para crear las condiciones apropiadas para avanzar hacia el desarrollo. Seguimos de tumbo en tumbo, con batallas y escaramuzas que nada bueno aportan al país y que nos devuelven a la historia de siempre. Poco o nada se ha cambiado, pese a que las proclamas digan lo contrario, más bien percibimos que las viejas prácticas políticas que tanto fueron criticadas ahora gozan de mejor salud que nunca. Paradojas de las revoluciones.

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