Rodrigo Fierro

Nutrición y políticas de Estado

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29 de November de 2012 00:00

En lo social, el programa estelar del Gobierno del presidente Correa se orientaba a eliminar del espacio ecuatoriano la desnutrición infantil. Aquella que afecta a niños de hasta 5 años de edad y ocasiona retardo del crecimiento físico y dificultades de aprendizaje. Proteger al nuevo ser desde cuando se halla en el vientre materno, durante el parto y la lactancia, y de ahí hasta los 5 años, una política de Estado de alcance incuestionable, sustentada en conocimientos que no se discuten: la deficiencia de yodo o de hierro en las mujeres embarazadas afecta al desarrollo de la corteza cerebral desde épocas tempranas de la embriogénesis y los niños que nacen tienen altas probabilidades de retardo mental en grado diverso. De ahí que a la definición de desnutrición infantil se la complemente con lo que acontece en el futuro: un menor desempeño económico. El subdesarrollo empantanado al que con insistencia me he referido. Por lo que antecede, razones no le faltaban al Gobierno para que haya invertido sumas cuantiosas en programas de control de la desnutrición crónica infantil y hasta escolar, en el entendido que los niños que van a las escuelas públicas no rinden porque a media mañana sufren los efectos de una baja de azúcar que obnubila sus facultades mentales y era debida al pobre desayuno que recibían en sus casas.

Por disposición del Consejo Provincial de Chimborazo se realizó una encuesta nutricional y alimentaria en 200 comunidades de 10 cantones. El 43% de los 45 000 niños examinados, de 0 a 5 años, presentan desnutrición crónica. Pese a que en los huertos familiares se volvieron a cultivar alimentos andinos de gran poder nutritivo, como la quinua, la nutrición infantil no ha mejorado. Los campesinos prefieren vender sus productos al igual que leche, huevos y animales menores. Compran en los mercados fideos, pan, arroz y gaseosas. El menú diario: sopa de fideo con papas, una porción de arroz, taza de agua aromática y un pan.

Por los años cuarenta del siglo pasado, también los campesinos de mi pueblo vendían huevos y cuyes para tener con qué comprar sal y queroseno. Llegar al sumak kawsay no es soplar y hacer botellas, como creía un ‘Correísta infantil’.

Lo que sucede en Chimborazo (reportaje, EL COMERCIO, 27 de noviembre, 2012, pag. 14) y de seguro en otras provincias serranas, me lleva a dirigirme al presidente Correa para que disponga que se retome el programa de fortalecimiento con hierro de la harina de trigo (de consumo masivo en fideos y pan) que se inició en agosto de 1996 y fue abandonado por los bárbaros de ayer y de hoy. Ordene, además, que el Programa de Control de las Enfermedades por Deficiencia de Yodo se lo entienda como una política de Estado, no manipulable. Sin hierro y sin yodo nunca se llegará a superar la desnutrición crónica.