Opinión
Pablo Cuvi

Los nuevos dioses

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
21 de September de 2013 00:01

Hace unos días el reportero de un canal de la televisión norteamericana preguntaba a los transeúntes cuáles consideraban ellos que eran las películas y los actores más importantes. Ninguno se remontó más allá de 20 años, nadie mencionó a alguien como Marlon Brando, por ejemplo, relegado ya al basurero de la historia. Era, a ojos vista, un síntoma de los nuevos tiempos, cargados de presente y de culto al vertiginoso mundo del espectáculo, donde sobresalen las celebridades del deporte, la música y la televisión cuyo éxito se mide no tanto en sus desempeños o talentos cuanto en los millones de dólares en los que se cotizan mientras les dura el cuarto de hora de fama.

Son ellos los nuevos dioses fugaces que generan los modelos de comportamiento de la juventud y perfilan sus aspiraciones. En este 'showbussines' global en el que estamos inmersos todo vale para llamar la atención de las cámaras, empezando por el sexo. Así, la dulce Hanna Montana, de Disney, caramelo de los guaguas, se transforma súbitamente en la promiscua Miley Cyrus que frota su trasero en los genitales del cantante de turno y se convierte en noticia mundial, siguiendo los pasos de Jennifer López, cuyo perreo obtuviera una respuesta más contundente, que puede verse en YouTube. Pero no soy yo el que se va a escandalizar con un poco de erotismo banal; solo me molesta el fácil mecanismo de desnudarse para vender discos y ser Number One.

No siempre fue así. Aunque sea casi impensable ya, hubo un mundo anterior a la televisión y al marketing, más lento, donde el talento se expresaba de otra forma y la apuesta vital era no solo distinta sino opuesta. Los poetas y los pintores malditos que deambulaban hambrientos por París rechazaban el mundo burgués y eran autodestructivos. Un Van Gogh, un Utrillo, un Modigliani, se hundían en la locura o el alcohol y morían en la miseria porque su revolución estética apuntaba a la posteridad. Incluso los revolucionarios políticos compartían esa idea de sacrificio y renuncia y se jugaban literalmente el pellejo frente al poder. El hambre, el peligro, la enfermedad y la cárcel eran parte del menú cotidiano. Y las drogas y el sexo liberado alimentaban la vida bohemia, por supuesto, pero tenían el sentido de una búsqueda metafísica.

Nuestra generación fue quizás la última en amamantarse con la leyenda de genios de la poesía como Rimbaud, que antes de cumplir 19 ya lo había dicho todo; de pintores como Paul Gauguin, quien terminó sifilítico en una isla de Tahiti; de cantantes como Billi Holyday y otras divinidades que tengo en la punta de la lengua porque estoy releyendo los estupendos retratos de Manuel Vicent recopilados en Mitologías, un recordaris de cómo era el mundo del arte en tiempo de las vanguardias, antes de que todo fuera filtrado por las pantallas.