Manuel Terán

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Con la llegada de la última oleada populista acompañada de una riqueza súbita que se dio por el alto precio de los productos de exportación, se impuso en algunos países de América Latina un modelo de gestión que, bajo diversos nombres o nomenclaturas, se dedicó al gasto a manos llenas. Esto les otorgó apoyo popular, puesto que grandes segmentos de la población de una u otra forma se beneficiaron del dispendio.

Sin embargo, a más del consumo de recursos que ha ocasionado una inflación galopante en ciertos países, o ha vaciado las arcas fiscales en otros, el principal problema radica en que se ha fomentado una cultura en la que gran parte de los ciudadanos espera todo del Estado. Se ha alimentado un clientelismo que exige canonjías cada vez más complicadas de cumplir. Esa es la base electoral fuerte que han creado a través una serie de subsidios y ayudas directas, que muy difícilmente podrían ser reducidas o eliminadas.

Todo esto ha funcionado mientras ha existido dinero, pero al escasear el mismo las cajas fiscales se han puesto en aprietos con el consecuente deterioro de las condiciones económicas generales. Esto hace que en ciertas partes del continente los apoyos ya no sean tan claros o explícitos y se espera, al menos en dos de los países que irán a las urnas este año, que los grupos en el poder sean desalojados del mismo a través del propio voto popular.

Pero existe el riesgo que los que desean obtener el apoyo del electorado caigan en la trampa de los ofrecimientos inacabables, toda vez que muy difícilmente la población podría tolerar, luego de años de un espejismo pernicioso, verse sometida al ajuste que impondría una época donde la bonanza se esfumó. De allí que no es raro observar a líderes políticos que aparentemente tenían un discurso contrario a los populistas moverse en forma cautelosa y evitar hacer pronunciamientos que, obviamente, si se lo hicieran como las circunstancias lo ameritan truncarían sus aspiraciones electorales.

Pero siempre será necesario hablar con la verdad. Ese debería ser el activo más importante de cualquier persona que aspire a la conducción de un Estado. Se debe construir ciudadanía. Más allá de lo que significa acceder al poder los dirigentes están obligados a dar pasos cualitativos, en los que las ideas de progreso e inclusión no tienen que estar separadas del orden y disciplina en las finanzas públicas y una adecuada institucionalización estatal.
Nunca se avanzará adecuadamente si las competencias electorales se convierten en baratillo de ofertas, donde el triunfador es el más osado y capaz de prometer lo imposible. Eso es burlarse del pueblo, jugar con sus aspiraciones y aprovecharse de quienes, por las razones que fueren, no procesan adecuadamente la información que reciben para desentrañar las trampas y los engaños.

Los verdaderos líderes serán los que, sin descalificaciones, cohesionen a la sociedad tras un propósito común, no los que los contenten con prebendas pasajeras. Solo de esa forma se logrará que los ciudadanos gocen verdaderamente deprosperidad y libertad.

mteran@elcomercio.org