Pablo Cuvi

Nuestro hermano mayor

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Desde la primera vez que vine, en 1968, hasta hoy que se cumple un año de la matanza de los 43 estudiantes, siempre he visto a México como una suerte de hermano mayor, no en el sentido negativo del Big Brother, sino porque en esta sociedad desmesurada cuajan y se expresan lo mejor y lo peor de América Latina, pues conviven las más hondas tradiciones indígenas con la más alta cultura y los más perversos criminales. Todo llevado al extremo.

Es un lugar común decir que en el DF interactúan, de una manera apasionada, contradictoria y un tanto caótica, muchos Méxicos distintos; pero los lugares comunes suelen tener su carga de verdad. Aquí podemos añadir que nuestras historias de la conquista española y el mestizaje son muy parecidas. Además, que esta fue la ciudad con la que más cálidas relaciones mantuvo nuestro patriarca, Benjamín Carrión, quien, vestido de bronce, sigue jugando ajedrez en un parque hasta el próximo terremoto.

Porque también se cumplen 30 años del cataclismo que arrasó una parte de la ciudad, pero es más grato recordar que en su mundo académico y literario brillaron dos de nuestros pensadores más lúcidos, Agustín Cueva y Bolívar Echeverría, junto a escritores como Demetrio Aguilera Malta, Miguel Donoso Pareja, quien dictaba talleres literarios, y Vladimiro Rivas, único de esta lista que sigue dando guerra, por decir que sigue vivo y produciendo y que me acaba de invitar a unas roscas en Polanco. Por si fuera poco, México es también el principal destino de nuestros futbolistas, desde los tiempos de Ítalo Estupiñán y el ‘güero’ Álex Aguinaga.

¿Qué nos atrae del DF a los provincianos y desencantados de los caros y mentirosos ‘milagros ecuatorianos? Pues su gran vitalidad, este bullir de gentes y culturas, una prensa donde se palpa el pulso frenético de la política mexicana y, en este viaje en particular, su cocina, una de las más sabrosas y variadas del mundo. Porque a eso me han traído, suerte la mía, a probar los menús y maridajes de los restaurantes más creativos y de vanguardia, aunque alimentados por una riquísima historia de productos y recetas. Con otros periodistas vamos felices de mesa en mesa, y de vino en vino, hasta que todo converge en el antiguo convento de San Ildefonso, cuyos pasillos lucen los frescos de un maestro de Guayasamín, don José Clemente Orozco, quien formara parte del triángulo muralista con Rivera y Siquieros.

Pero a la hora de escuchar los nombres de los 50 mejores restaurantes de América Latina, Ecuador, ¡ay!, no asoma por ningún lado aunque tenga chefs tan imaginativos como Édgar León y Carlos Gallardo, que apuntan en la dirección correcta. Una vez más es la cocina peruana la gran triunfadora (puestos 1, 3 y 5), seguida por los restaurantes mexicanos Quintonil, Biko y Pujol.

Así termina este abrebocas de la ciudad más grande del mundo. Y conste que no he dicho una palabra de su más longevo representante: el Chavo del Ocho.