10 de May de 2010 00:00

Nuestra Victoria y sus enseñanzas

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Yan A. Burliay *

En el calendario de fechas conmemorativas de Rusia el 9 de mayo ocupa un lugar especial. Tan solo la mención del Día de la Victoria hace oprimir involuntariamente el corazón de cada ruso. Difícilmente hasta hoy, pasados los 65 años, en el país se halle una familia no afectada por las llamas de la guerra. Las duras pruebas que les tocaron la suerte de los pueblos de la Unión Soviética descubrieron la grandeza del espíritu humano y revelaron numerosos ejemplos de heroísmo, hazaña personal y de verdadero patriotismo. Justamente por esto aquella guerra de 1941-1945 entró en la historia de nuestro país como la Gran Guerra Patria.

Para muchos, sobre todo los veteranos, es una fiesta muy personal, pero lamentablemente los veteranos nos abandonan. Se queda la memoria. La eterna memoria de quienes perecieron defendiendo la Patria contra la peste del nazi-fascismo, de quienes murieron por las heridas en las mazmorras y el bloqueo.

La Segunda Guerra Mundial fue un acontecimiento que formó época. No solo fue una batalla global que superaba por su envergadura todos los conflictos anteriores en la historia mundial. Por primera vez en la historia, en esta lucha se apostaba la vida de pueblos enteros. Las cámaras de gas y los crematorios de Oswiencim, Buchenwald, Salaspils demostraron qué traía el fascismo y qué futuro le preparaba al mundo el llamado ‘orden nuevo’.

A principios de 1944 la extensión del frente soviético-alemán fue cuatro veces mayor que la de todos los frentes en que combatían los aliados.

Ahora junto con nuestros aliados conmemoramos el 65º aniversario de la Victoria. La Segunda Guerra Mundial fue ganada por todos los aliados de la coalición antihitleriana. Fue nuestra Victoria común. El resultado principal de una guerra no sólo es la victoria de una coalición sobre la otra. En rigor, es la Victoria de las fuerzas de la creación y civilización sobre las fuerzas de la destrucción y barbarie, la victoria de la vida sobre la muerte.

Junto con el pueblo, nuestra diplomacia recorrió su camino hacia la Victoria. La creación de la coalición antihitleriana puede ser llamada con razón el éxito diplomático más grande de sus tiempos. A los adversarios del fascismo les unió la comprensión de que era necesario contrarrestar el mal en común, sin escatimar fuerzas ni admitir compromisos por separado. Esta enseñanza sigue vigente en nuestros días.

Nuestro deber ante quienes pagaron con su sangre por la salvación de la Humanidad del fascismo consiste, ante todo, en poner una barrera segura en el camino de las ideas de la intolerancia, la superioridad racial, étnica o religiosa, detrás de las cuales se ocultan las pretensiones del dominio mundial que sirven de terreno para las nuevas amenazas.

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