Óscar Vela Descalzo

Noveleros y egocentristas

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El Ecuador es un país plagado de noveleros y egocentristas. Más allá de las distintas acepciones de estas palabras, algunas que encajan muy bien con nuestra forma de ser tanto en lo individual como en lo social (fantasiosos, chismosos, caprichosos, soñadores, egoístas, acaparadores), ha sido en los políticos en donde mejor se han fijado tales características.

Los políticos ecuatorianos, salvo contadas excepciones, han actuado siempre al vaivén de sus intereses particulares o partidistas, y muy pocas veces lo han hecho con un verdadero sentido de servicio público, con un afán real por conseguir el bienestar común y con una dimensión cierta de justicia y equidad.

Si restringimos el análisis solamente a los legisladores de la República del Ecuador, encontraremos que desde 1830 hasta la actualidad se han redactado y aprobado 20 constituciones; es decir, una cada nueve años y poco más. A esto debemos añadir las decenas de procesos de reforma a las distintas cartas políticas que han regido el país.

Por otro lado, en materia legislativa legal el desempeño no ha sido mucho mejor, pues somos expertos creadores de leyes para regular, controlar y reglamentar todas las actividades humanas conocidas y por conocerse. Obviamente, gracias a esta ansiedad mandatoria, prohibitiva y regulatoria de nuestros políticos, ninguna norma legal o constitucional ha sobrevivido en el tiempo sin que sus creadores hayan pensado en cambiarla, reformarla, revocarla o eludirla desde el instante mismo en que fue promulgada en el Registro Oficial.

Por supuesto que muchos de los políticos en su momento se habrán escudado con la clásica excusa del mediocre que confunde cantidad con calidad, y otros tantos habrán alegado (alegan aún), envueltos en un halo de suficiencia e inmortalidad, que sus actuaciones están sacramentadas y bendecidas por los más altos sentidos patrióticos… Todo esto, claro está, es pura paja. Los políticos ecuatorianos, salvo escasas y honrosas excepciones, marchan siempre al ritmo que les impone el caudillo de turno y al son de la melodía a la que más se ajustan sus gustos y habilidades particulares.

Así, con nula visión social y un escandaloso individualismo, se han redactado y aprobado la mayoría de leyes en el país. Así, congraciándose con el líder del momento, aspirando aunque sea a las sobras de los grandes banquetes palaciegos, se han elaborado una buena parte de las 20 constituciones que llevamos encima.

Así, despreocupados e indiferentes por el futuro de las nuevas generaciones, despelucados por la azarosa orgía del poder, imbuidos de toda la novelería que cabe en un niño con juguete nuevo, contagiados por la pandemia egocéntrica de su capitán, se ha redactado la reciente propuesta de reforma constitucional que alterará gravemente la estructura esencial del Estado, que pasará, a golpe brusco de timón, de una democracia alternativa, a convertirse en un híbrido impresentable de caducos tintes monárquicos.