Opinión

Una novela bella y terrible

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15 de August de 2013 00:01

Con sus cien años recién cumplidos, ya podrían otorgarle el Nobel. La belleza de su escritura y la dolorosa verdad que transmiten sus novelas lo convierten en un escritor ferozmente humano. Boris Pahor (Trieste, 1913) colaboró con la resistencia antifascista eslovena durante la Segunda Guerra Mundial y fue deportado a los campos de concentración nazis.

Hay quienes consideran que la creación artística no requiere de la vivencia, que la invención mejora a la distancia; sin embargo, al leer su última novela, 'Necrópolis', que Anagrama relanza en estos días, es difícil separar el estilo de la experiencia.

Esto, claro, no garantiza buena literatura. Pero en Pahor es una bella conjunción de restos vividos y creación. Ya la estructura de la novela es magnífica. Se juega en dos planos. El campo de concentración en el presente (su cualidad de paisaje de la memoria), al que los turistas acuden para recorrerlo junto a un guía que es el lazarillo del horror, y el momento mismo de la tortura y el exterminio.

El narrador -el propio Pahor- se sitúa en el presente, y acompaña a los turistas -con prudente distancia- escuchando al guía a veces con atención, otras absorto ("El guía habla tranquilamente, sin brío y sin ganas de conmover, por lo cual no rechazo su explicación realista").

El relato plantea una sutura simbólica, y a la vez un pasaje, entre lo ocurrido y lo que el guía va contando. Pero así como los turistas se impactan con la transmisión de los sucesos, el protagonista no puede sino trasladarse al momento en que éstos ocurrieron. "Es absurdo, pero me parece que los turistas me miran como si de repente mis hombros hubieran sido cubiertos por una chaqueta de rayas y mis zuecos volviesen a triturar las piedras pequeñas del camino. Es una quimera incontrolada que confunde dentro de mí el pasado con el presente; pero no deja de ser cierto que hay momentos en los cuales el hombre emite un fluido invisible y fuerte que los demás perciben como la presencia de algo ajeno, extraordinario, que les sacude como un barco que topa con una ola inesperada".

Al lector le ocurre lo mismo. De golpe, le viene la ola del terror, sin la mediación del guía, sino a través de la evocación in situ del narrador. Y de pasearnos por lo que fue el campo ingresamos, mediante una frase, en el presente del horror: "Ahora estoy en el fondo", avisa el protagonista. Y sin caer en relatos escatológicos, combina las inevitables escenas descarnadas con la lucidez de la supervivencia: "Por la noche la corona de fuego se volcaba sobre la chimenea, como la llama de un surtidor de una refinería clandestina. Nos habíamos acostumbrado al humo y a aquel olor en el aire; estábamos impregnados de él, y por ello mirábamos a los huéspedes del mundo de los vivos como si nos halláramos en un rincón seguro. La sensación miserable de sentirse a salvo, provocada por el hecho de estar familiarizados con la destrucción?".

La novela es un verdadero viaje al fondo de la noche, con vislumbres del amanecer: "Sé que mañana me dejaré absorber por la vida del Quartier Latin, donde me volveré a llenar del todo de la fe en el valor de la creación humana".

La literatura puede ser un recurso no sólo para ganarse la vida, sino también para recuperarla.