Susana Cordero de Espinosa

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5 de October de 2012 00:00

Rodrigo Borja Cevallos, intelectual de indiscutible calidad y expresidente del Ecuador ha sido recibido como miembro de número de la Academia Ecuatoriana. Me correspondió contestar a su discurso sobre la guerra de civilizaciones, magnífica descripción del horror. Ante ese panorama era difícil prodigarse en la evocación de sus méritos personales: hombre bueno, intelectual tenaz, político inteligente y honrado, cuyo gobierno es uno de los pocos regímenes dignos de perseverar en la mejor memoria de la patria, habría merecido largo espacio…

Nada hube de añadir a la descripción admirable que él nos entregó: conjunto de poder, fanatismo, técnica, horror, dinero y lágrimas que Huntington y otros internacionalistas atribuyen certeramente al choque de civilizaciones. Preferí referirme a algunas de sus causas: la religión vivida hasta el fanatismo y la degradación de la palabra en un universo consumista hasta la alienación; la humillación que incita a unos pueblos a mostrar irracionalmente su rebelión, y el desafiante orgullo desde el que otros ejercen su dominio, elementos de sinrazón que desembocan en hecatombes no imaginadas a lo largo de la historia, hasta hoy…

La guerra de civilizaciones ha sido y es lucha entre vivencias religiosas distintas, más que batalla entre ámbitos de contrarias ideologías; la ética no basta para comprenderla, hay que abordarla desde la religión; en palabras de Imre Kértesz, nobel de literatura 2002, “el lenguaje racional es incapaz de aproximarse a estos síntomas. Es preciso recurrir al lenguaje antiguo, al de la Biblia, que conoce a Satanás y sabe del fin del mundo”.

¿Cuál es el papel de la religión en el declive del pensamiento humano hacia el fanatismo?; ¿cuál, el alcance de este último?; ¿qué puntos de vista, que sensibilidad o intuición vuelven santas las conflagraciones o satanizan la fe y la tolerancia?

La palabra revelada no genera ‘per se’, hechos inhumanos, sino la interpretación que de ella hacemos, protegidos en la bondad de las normas y la fuerza de la fe, para conseguir, desde el poder, fines deshumanizadores. El fundamentalismo presume que únicamente la propia es la fe verdadera y provoca ‘cruzadas’ por salvar para algunos los lugares santos, y negárselos a otros, o para imponer la democracia con el absurdo horror de la guerra y la muerte.

Aliosha Karamazov, el creyente, creía saber que Si Dios no existe, todo está permitido. Pero, ¿y si existe? ¿Y si existe demasiado y, so pretexto de dominio personal y político, justifica el poder, el crimen, la guerra? George Steiner, posiblemente el más grande intelectual, ensayista y crítico judío de la actualidad, habla de “el interminable peso de la ausencia de Dios”, pero el Dios que hemos creado a nuestra imagen y semejanza, es decir, a nuestra conveniencia, es aún un peso mayor.