Fabián Corral

En nombre del poder

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Alguien dijo que “el poder es la posibilidad de hacer daño”. Y, sí, el abuso del poder es la capacidad de imponer obediencias indebidas, es la fuerza que ha transformado la venganza en justicia y la libertad en servidumbre; la que ha enredado la razón en las telarañas de la burocracia. Ese poder ha marcado las sociedades según los intereses de sus caudillos. Es el poder quien está detrás de las guerras y las armas, de las migraciones y las tragedias.

En nombre de la voluntad de poder se han hecho revoluciones, se han construido ideologías y dogmas, se ha convertido en lugar común a lo inaudito, se ha satanizado la verdad y se ha negado lo evidente.

Las doctrinas políticas- desde la monarquía hasta la democracia- son la búsqueda constante de justificaciones, de “razones” para convertirle a la servidumbre en ética, al miedo en aplauso, al silencio en homenaje. En nombre del poder se suprimen los derechos y expropian las libertades. Y se ha vendido la felicidad como mercadería. Con la excusa de que hay que ceder espacios para hacer posible la convivencia, nos han transformado en habitantes de ciudades que están matando nuestra intimidad y nuestro silencio.

En nombre del poder y de la revolución, cada vez con más frecuencia, los países se convierten en infiernos, y crecen sin pausa las multitudes de emigrantes, y crece la audacia de los déspotas y el respaldo de sus cómplices. En nombre del poder de un caudillo y de la nostalgia de otro, los semáforos de Quito se llenan de hombres y mujeres que llegan de Venezuela en busca del destino que perdieron en su patria. Ellos son el testimonio del abuso de poder. Y son una razón incuestionable que anula los discursos de políticos e “intelectuales” que endiosan al socialismo y pretenden encubrir su catástrofe.

Ni el poder, ni la revolución ni la ideología, ni siquiera la democracia o dios, pueden ser argumento para rebasar los límites que la razón impone. Ningún proyecto justifica la lesión a los derechos que forman parte del patrimonio moral de cada persona. Las fronteras no son bastiones para encerrar a las persona al estilo de la Cuba de Castro. Ni la soberanía no puede servir de excusa para empobrecer a la gente y destruir una sociedad. Para superar el absolutismo y los abusos se inventó el Estado de Derecho y se imaginó la Constitución.

El límite al poder es uno de los asuntos más serios que deben discutirse ahora. No hay excusa para no hacerlo. Límites internos que apunten a la legitimidad, eficacia y responsabilidad política, y límites externos que deben replantear el concepto y la función de la frontera y de la soberanía.

Las patrias no son absolutas. La patología que las enferma se llama nacionalismo. La historia está llena de tragedias que tienen su signo.

fcorral@elcomercio.org