Óscar Vela Descalzo

Lo que no tiene nombre

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Hace pocos días escuché estas palabras: “nadie que no lo haya sufrido en carne propia puede comprender lo que significa enterrar a un hijo”.

Pocos minutos después, en el mismo lugar, me fundí en un abrazo con un amigo entrañable, padre del muchacho al que se estaba velando en ese momento. Él, destrozado y ciertamente abrumado por la tragedia, me dijo: “no sabes lo duro que ha sido esto…”.


En efecto, no lo sé y espero no saberlo nunca. No puedo comprender cómo un padre o una madre logran sostenerse en pie luego de haber soportado una desgracia de tal dimensión.

Ni siquiera puedo imaginar la forma, la intensidad, la ubicación o la propiedad de un dolor que no tiene nombre, que no se acerca a ninguno de los padecimientos físicos del ser humano.


Estos días, abatido por aquel dolor de mis queridos amigos: padres, abuelos, tíos, primos de Alfredo Vera Bucheli, he recordado las palabras de Piedad Bonett, poetisa y novelista colombiana, autora de un conmovedor libro que se titula justamente ‘Lo que no tiene nombre’, que trata sobre el suicidio de su hijo Daniel a los 28 años de edad.


En una entrevista que hice con Piedad Bonett en el año 2013, me sorprendí por la serenidad con la que ella había enfrentado la muerte de su hijo y la valentía que tuvo al narrar esa historia. Recuerdo que le pregunté si escribir sobre algo tan personal y desgarrador fue quizás una forma de no olvidar, y respondió: “Por supuesto, el olvido sería para mí como la muerte definitiva.

Eso lo sentiría como una traición con él, y de verdad me aterroriza esa posibilidad. Cuando los amores han sido intensos deben permanecer siempre como una fuente de vida.”
En aquel momento no llegué a comprender la fuerza y el sentido real de estas palabras, y quizás hoy tampoco alcanzo a entenderlo del todo, pero los padres que han sufrido este dolor lo comprenderán bien.

El olvido, en efecto, es la muerte final, y precisamente eso es lo que los seres humanos evitamos cuando nos aferramos a los recuerdos del ausente gracias a nuestra memoria y al inmenso amor que sentimos por esa persona.

Más allá de las fotografías, de los objetos que le pertenecieron o de los espacios que ocupó, está su voz que nos habla al oído cuando más lo necesitamos; están sus risas que ocupan un compartimiento que suele abrirse de pronto, cuando menos lo esperamos; está su presencia, innegable, en cada paso que damos, en cada respiración, en cada latido.

Está el amor infinito que nos tiene de pie.
En momentos así regresan a mi mente los rostros de los hijos que fallecieron antes que sus padres. Recuerdo aún el dolor que me causó su partida aunque no hubiéramos sido tan cercanos o en algún caso incluso no los hubiera conocido, pero conozco a sus padres y fui testigo de su dolor.

Todavía soy testigo de su fortaleza. Sus nombres flotan siempre entre nosotros por el amor que los mantiene vivos: Macarena, Galito, María de los Ángeles, Suco, Franco, Andy, Julián, Maita, Pablo, Rodrigo, Alfredo…