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Nuestro diccionario dice, sobre la palabra mérito: ‘acción que hace al hombre digno de premio o de castigo’. Al observar el comportamiento animal, nos hallamos en la línea que separa lo instintivo de lo meritorio, lo irremediable, de lo que, elegido libremente, puede ser en el humano, virtud. Las acciones animales no han de calificarse de meritorias ni virtuosas, porque el destino de su condición puramente instintiva es decir siempre sí, sin espacio para la elección consciente, sin libertad. Pero, analógicamente, encontramos en los animales atributos y virtudes semejantes a los nuestros y, en el campo instintivo, incluso cierta superioridad. Animales humanos, nosotros, la palabra nos distingue, y no yerra don Quijote cuando, al buscar nombre para su caballo, quiere que este sea ‘alto, sonoro y significativo’.

Para bautizar a su rocín, atiende al valor de la nueva condición caballeresca que él, su dueño, ha asumido. Su caballo ‘bueno él por sí’, vale más, sin embargo, por ser de caballero famoso, y es urgente darle nombre adecuado que así lo revele. Dudo que haya razonamiento más lúcido y ‘puesto en razón’, que el de Alonso Quijano cuando, al bautizar a su caballo, se atiene a su propio cambio de estado de hidalgo pueblerino a caballero andante, en la razón indubitable de que al asumir él un nuevo ser, todo lo atinente a su inédito destino ha de mudar de condición; y así, ‘después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo’. ¿Hay afirmación más cabal de lo que todo nombre debe contener y revelar, que esta de nuestro caballero?

Acorde con esta decisión, el caballero muda también de nombre: ‘Puesto nombre, y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérselo a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar Don Quijote’, de modo que el nombre de su caballo y el suyo propio, correspondan a su nuevo destino de cambiar el mundo. Los dos apelativos elegidos, de composición que revela lo que antes fueron caballo y caballero y lo que serán a partir de la decisión quijotesca, caracterizan su misión, que será conocida y recordada a partir de nombres que los distingan para siempre de otros caballos y otro caballero. Alonso Quijano encontró para su rocín ‘un nombre famoso y de estruendo, alto, sonoro y significativo’, formado al ceñir su desbordada imaginación a los principios aprendidos en los infinitos libros de caballerías que antes del donoso y grande escrutinio de su ama y sobrina, del cura y el barbero, atiborraban su biblioteca y hoy atiborran su cerebro. Un nombre ha de decir lo que fuimos antes y lo que somos hoy, lo que hacíamos y lo que hemos logrado, es decir, el porqué somos antes y primero de todos los rocines del mundo…