Alfredo Astorga

'Es que no me enseño'

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Columnista Invitado

Un cuento desconocido narra la experiencia de un pájaro de colores que aterriza en una cueva de murciélagos. Al poco tiempo repara que él está al revés y llora por la situación. La historia termina cuando al vistoso pájaro se lo ve colgado de las patas.

La historia evoca las adaptaciones forzadas. Trae a la mente migrantes desarraigados. O empleados que no sintonizan con su área de trabajo. O deportistas que no cuajan en el equipo. No importa. Todos los casos entrañan drama. Pero hay uno especialmente duro que sufren muchos niños y jóvenes en los centros educativos. A ellos los llaman desadaptados. Estos chicos cuando se sienten descolocados afirman que no se enseñan. No aluden a enseñanzas, sino a des-acomodamientos. Muchos adultos, lastimosamente, están muy ocupados para reparar que se trata de un pedido de auxilio. Se piensa con ligereza –familias y maestros- que el aterrizaje en un grupo nuevo es un acto automático. Que se produce sin dolores. Que sentirse “al revés” solo dura unos segundos. Que para vivir en un lugar hay que ser como todos.

Los correctivos frente a los desencajes suelen ser crueles. Uno fulminante es extirpar al extraño, al intruso que no calza. Los adultos acuerdan separar al chico y desterrarlo. Como remedio y como prevención. Alguien fuera de la norma, disocia, inquieta, provoca dudas. Si no se amolda que busque otro. El otro correctivo empieza con persuasión pero pronto deviene en presión y chantaje. Amoldarse sí o sí. Dejar de lado excentricidades. La vida es de los grupos y para vivir hay que ser como sus integrantes. En todo: consumos, aspiraciones, vestuario, lenguaje. Nadie tiene que mirar al revés.

Los correctivos no desaparecen el problema. Lo duplican. En los grupos que consolidan su blindaje uniforme. Y en los chicos que cargan con culpas, inseguridades, estigmas. Y lo peor de lo peor, la pérdida de signos invalorables de identidad y original libertad. Vidas llenas de vida que han debido atrofiarse. Para sobrevivir. A muchos solo les queda el disfraz como alternativa para asimilarse. Como a los pájaros de colores. Claro que una buena inserción sin imágenes falsas enriquece a todos. Lograrlo es también un proceso pedagógico, aprendizajes que precisan tiempo, estímulos. Mirando desde el otro lado, los grupos también ganan. Los “externos” suelen aportar riquezas insospechadas.

Siempre han existido amantes de la homogenización y estandarización. Hoy, la tendencia se ha vuelto obsesión. El sistema exige piezas exactas, sin aristas, sin rugosidades en el cuerpo y en el alma. Anónimos. Pero no tiene que ser inevitable. Felizmente, hay gentes que aún le apuestan a la variedad, originalidad e inclusión. A la existencia de pájaros de colores, murciélagos grises, felinos con rayas. En la misma cueva.