Miguel Rivadeneira

La negación de la crisis

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mrivadeneira@elcomercio.org

Más allá de los discursos oficiales repetitivos, hay una realidad inocultable, lamentable para el país. Una difícil situación económica, en parte por el entorno internacional pero también por el excesivo gasto público, que se quiere disfrazar con conceptos y justificativos diversos, aunque todos conducen a lo mismo.

No les gusta la palabra crisis porque les desgasta políticamente, pero el país siente una dura realidad, que genera incertidumbre. Critican al pasado cuando ya forman parte del mismo. Las palabras quieren reemplazar a las soluciones y alternativas que se requieren en concreto. Se necesita prudencia y una rígida austeridad fiscal, mayor acción para mejorar el sector externo, ofrecer estabilidad y confianza.

No hay crisis pero solo existe un pequeño aunque enorme indicador de subempleo (hoy le llaman empleo inadecuado) y desempleo, que sumados llegan alrededor del 50% de la PEA, que es altísimo y que en casi nueve años de administración no han solucionado.

No hay crisis pero hay un pequeño aunque enorme gasto público, que en los últimos años de administración se dieron gusto con los ingentes recursos que recibieron por el alto precio del petróleo. No se puede desconocer la enorme obra pública y la inversión en sectores sociales, pero cuando llega la escasez no se podía mantener ese ritmo en todos los campos, sin afectar a los menos favorecidos de siempre.

Cómo han gastado en exceso en el sector público aunque un ministro coordinador admite que solo es el 0,1%. Puede ser un centavo, pero el manejo de los recursos públicos debe ser extremadamente riguroso. Hay tantos ejemplos, que resulta largo enumerar, pero uno se acuerda cuando va a un centro comercial o algún lugar público y encuentra a burócratas con camisetas, chompas y chalecos con logotipos de las instituciones. Edificios exagerados que contrastan con la pobreza, incluso sin servicios básicos (agua potable, alcantarillado). El caso de Esmeraldas. Viajes en primera clase. Qué decir del concurso del encebollado o del disfrute de los que meditan con su buen vivir. Todo eso suma y el buen ejemplo debe ser hasta el último dólar.

Escasean los recursos y construyen edificios y plataformas administrativas con enormes préstamos. Basta pasar en Quito por la av. Amazonas. El justificativo: cómo se puede perder el financiamiento, pero admiten que constituye más deuda pública que dejarán a las futuras generaciones.

No hay crisis pero hay un pequeño aunque enorme déficit fiscal, con subsidios que administran con inconsistencias y contradicciones. Admiten que los subsidios a los derivados del crudo benefician en su mayoría a los más ricos pero se niegan a eliminarlos, cuando se puede focalizar sin perjudicar a los más pobres. Todo esto obliga a que se hable con hechos reales y no tratar de justificar con argumentos políticos envolventes, que lo único que hacen es mantener la desconfianza en la población.