27 de December de 2010 00:00

La Navidad en Quito

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Jorge Salvador Lara

Prefiero referirme a la ’tradición’ navideña e incorporar así, a este tema, un mayor número de personas, aunque hayan perdido la fe, porque en un país como el nuestro, predominantemente católico, o casi absolutamente cristiano si añadimos otras confesiones basadas en el Antiguo y Nuevo Testamentos, todos, casi sin excepción, habrán participado de niños, con sus familias, en la ‘devoción’ navideña de armar el nacimiento y rezar la novena al Niño Jesús.

Esos recuerdos inefables de la infancia, con presencia de todo el núcleo familiar quedan guardados en la intimidad de la memoria y reflorecen cada año aun en quienes, por los avatares de la vida, han dejado de creer en el misterio de la encarnación, es decir en Jesucristo como Hijo de Dios, o han perdido por completo la fe y se han vuelto agnósticos confiados en la sola razón humana, de por sí limitada, y han desembocado en el ateísmo.

Mi fe, don de Dios, llegó a mi mente y mi corazón desde la más tierna infancia. Con los años, se ha cultivado e incrementado. Mis lecturas me han permitido conocer que las más lucidas mentes humanas han creído en Jesucristo, le han servido y, por amor a él, han servido a los pobres. Hasta le han ofrendado sus vidas. Muchas veces he participado en el arreglo del nacimiento; durante el último medio siglo, todos los años, acompañando a mi mujer, mis hijos y, últimamente, mis nietos. La novena al Niño Jesús comienza el 16 de diciembre y termina el 24, vísperas de la fecha más importante de la historia, pues sirve para dividir los hechos humanos en dos edades, antes de Cristo (a.C.) y después de Cristo, o Era Cristiana (E.C.). Llevamos, pues, 2010 años desde aquel extraordinario acontecimiento, la venida del Niño Dios, que se celebra el 25 de diciembre.

En el nacimiento aparecen siempre las imágenes del Niño Jesús recién nacido, la Virgen María, San José; los pastores; los reyes magos Gaspar, Melchor y Baltasar que llegaron poco después a adorar al Niño; y la luminosa estrella que les guió, en realidad un cometa; el pesebre con dos mansos animales, asno y buey; ángeles en el cielo, y el luminoso mensaje con el que comenzó esa lucha aún en vigencia: “¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”!

Quito se ufana de su Escuela de Artes, cuyos grandes maestros contribuyeron a enriquecer retablos, templos y casas con sus pinturas y esculturas sobre temas religiosos. En el Museo Franciscano, se muestran decenas de nacimientos de los grandes maestros. En las letras son clásicas las “novenas al Niño Jesús”. La que escribió Teresa Crespo Toral, elogiada por Mons. Alberto Luna y Fray Agustín Moreno, ya con varias ediciones, renovó e incentivó aquellas tradición y devoción en Ecuador. Dedicada en 1980 a Juan Pablo II, el Papa la bendijo cuando la autora le entregó personalmente un ejemplar.

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