Sebastián Hurtado

Mundo al revés

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21 de June de 2011 00:02

Es interesante observar cómo cambian los tiempos. Hasta fines del siglo pasado, un cuadro de déficit fiscal desbocado, política monetaria laxa, moneda devaluada, inflación en ciernes, deuda degradada y riesgo de una suspensión de pagos, era una condición familiar a la mayoría de economías latinoamericanas. Hoy, en cambio, caracteriza a buena parte de las economías del Primer Mundo.

Esta situación ha exasperado a muchos líderes de la región que han visto cómo la situación en Norteamérica y Europa ha impulsado al alza las monedas de sus países y desestabilizado sus cuentas externas. En una pasada cumbre del G20, el ex presidente Lula da Silva de Brasil pidió al Gobierno norteamericano que “conduzcan su política cambiaria con más seriedad" y criticó duramente que ese país devalúe su moneda con el objetivo de facilitar sus políticas comerciales.

Aparentemente la vaca no se acuerda de cuando fue ternero...

Buena parte de los gobiernos del Primer Mundo, simplemente han venido aplicando muchas de las políticas económicas que solían aplicar los gobiernos latinoamericanos hasta el siglo pasado y que algunos continúan aplicando hasta hoy.

Eran los gobiernos latinoamericanos los que acostumbraban devaluar frecuentemente sus monedas para mejorar artificialmente la competitividad de sus exportadores, encarecer las importaciones y balancear sus déficit comerciales. Como también gastar en costosos proyectos populistas -equivalentes tercermundistas de la “guerra contra el terrorismo” o los masivos programas de “estímulo fiscal” del Primer Mundo- que luego planteaban déficit fiscales inmanejables. Usualmente balanceaban los déficit recurriendo a la emisión de moneda y deuda, lo cual impulsaba la inflación y permitía licuar las deudas denominadas en moneda local. Si todo lo anterior fallaba, finalmente recurrían a la suspensión del pago de sus deudas soberanas y presionaban a sus acreedores por recortes y reprogramaciones.

El “mundo al revés” que hoy vivimos muestra que incluso algunos de los gobiernos más institucionalizados del planeta pueden incurrir en las mismas prácticas populistas que han arrastrado a otros países a profundas crisis económicas, de las que han logrado salir sólo después de imponer grandes costos a sus ciudadanos.

La diferencia radica en que, debido al escaso peso relativo que tenía la región, las crisis económicas que periódicamente provocaban las díscolas políticas de los gobiernos latinoamericanos, al final del día tenían solamente un impacto marginal en la economía mundial. Un desenlace similar en el Primer Mundo -de lo que pudimos ver un adelanto hace casi tres años- tiene el potencial de provocar el mayor colapso económico global de la historia, posibilidad que aún permanece amenazante en el horizonte.