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23 de junio de 2014 19:34

El Mundial 2014, visto por el Gobierno de Brasil como la ocasión para demostrar su organización, su vitalidad económica, su potencial turístico y su poderío futbolístico, ha servido para evidenciar las dificultades de una economía a la que le está costando mantenerse con el vigor alcanzado en años anteriores, y para poner de relieve sus problemas sociales, particularmente el de desigualdad.

El asunto de la desigualdad, asumido ya como el tema del siglo XXI, tiene hoy una nueva voz en Thomas Piketty, joven economista francés (43 años) especialista en desigualdad económica y distribución de la renta, autor del libro ‘El capital en el siglo XXI’, publicado en francés en 2013 y en inglés en 2014.

La tesis central de Piketty, que se confiesa más historiador que economista, se basa en un seguimiento estadístico de dos siglos. Su propuesta apunta, entre otras medidas, al establecimiento de un impuesto sobre la riqueza. Convertido en figura mundial en los círculos académicos, Thomas Piketty es objeto de mucho análisis.

Tanto sus entusiastas seguidores como sus críticos no han dado, sin embargo, suficiente importancia a lo que el propio Piketty ha señalado como una de las claves para superar la desigualdad: la educación. Preguntado por un medio chileno sobre la receta para reducir la desigualdad, no ha dudado en afirmar que “la inversión en educación –inversión de calidad en educación libre– es absolutamente clave”. Y ha añadido: “No hay ningún ejemplo de crecimiento de economías exitosas que no inviertan mucho en educación”.

Los reclamos populares en Brasil tienen precisamente como fundamento el contraste entre la atención a estos valores –educación, salud, trabajo– y el gasto público destinado al gran evento futbolístico. Muchas voces críticas se refieren a la pérdida de visión de las prioridades, a la tentación de propaganda y visibilidad por encima de la solución de los problemas reales, a la desviación de los recursos para la construcción de una infraestructura fastuosa, mayor de la necesaria. No deja de ser pertinente la pregunta sobre cuántas escuelas o centros de salud habrían podido ser levantados.

Sucede también en Venezuela donde cabe preguntarse por propuestas fantasiosas que no han pasado del anuncio, proyectos olvidados o suspendidos, planes ferroviarios inconclusos, obras a medio hacer, ofertas generosas al vecindario. La atención de las prioridades ha sido minada, además, entre nosotros por la voracidad del Gobierno, por la decisión de manejarlo todo, de convertirse en agricultor, industrial, banquero, comerciante, recargando el gasto público con actividades tradicionalmente bien manejadas por los particulares.

Cuando se agudiza la grave crisis fiscal y se hace imprescindible la reducción del gasto, vendría bien pensar en el deslastrarse, de dejar de cargarse de activos y de responsabilidades. Usar el gasto público en actividades que funcionan mejor en manos privadas es tirar el balón fuera de la portería o, peor aún, hacerse un autogol.

Gustavo Roosen
El Nacional, Venezuela, GDA