Pablo Cuvi

Mujeres y poder

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Decía Canek, un nieto del Che Guevara que murió tan joven como su abuelo, que ser de izquierda no es estar a favor de tal o cual ideología, sino estar en contra del poder, lo ejerza quien lo ejerza. Si el principal destinatario de esa sentencia era el campeón mundial de la reelección indefinida, Fidel Castro, hay quienes la aplican hoy al formidable rechazo popular que generó el armatoste inepto y corrupto del chavismo, montado en nombre de no sé qué socialismo bolivariano del siglo XXI.

Sin duda que es de izquierda la lucha por la libertad de expresión, por la democracia real, por los derechos humanos y la no reelección de los caudillos endiosados. Y a esa lucha se han unido mujeres excepcionales. Si en Cuba se levanta la voz clara y valiente de una Yoani Sánchez, por ejemplo, el proceso venezolano ha lanzado a primer plano a Lilian Tintori, una mujer joven, guapa, rebelde, cuya bandera es la liberación de los presos políticos, empezando por Leopoldo López.

Está también María Corina Machado, expulsada asambleísta que enfrentó a tipos tan peligrosos como Diosdado Cabello con un coraje y una dignidad que la ubican en la vereda opuesta de las tres asambleístas ecuatorianas que fueron mandadas a callar abruptamente por defender el derecho al aborto de las chicas violadas. Pero no seamos injustos: ellas suelen votar acompañadas por los demás asambleístas del oficialismo que acatan de mil amores los artilugios jurídicos que produce sin tregua un antiguo abogado de León Febres Cordero.

La maldición del poder es prima hermana de la maldición del petróleo. Suele manchar todo lo que toca y transmuta a intelectuales progresistas (estimulados por los viajes, los 4 x 4 y el halago de los subalternos) en guardianes de gobiernos autoritarios. Desde el cliché de Lord Acton (ese de que el poder corrompe…) se han intentado varias explicaciones. La más sutil es la del colombiano Antonio Caballero: “Gobernar es de derecha”. Así de simple.

Le cuento esto a un viejo anarquista y amplía sobre la marcha la idea: claro, dice, porque gobernar es administrar, gobernar es reprimir, gobernar es reproducir el sistema de poder. La izquierda solo puede existir en la oposición. ¿Será tan radical el asunto? Eso parece si vemos la tragedia de otra mujer valiente, Dilma Rousseff, que en su juventud se alzó en armas contra la dictadura militar, sufrió cárcel y tortura, pero ahora está rodeada de escándalos de corrupción junto con su padrino Lula, quien terminó en brazos de la Odebrecht.

El peronismo tiene un muestrario más patético: Evita y la fortuna amasada con Perón; Isabelita y los crímenes de López Rega y la Triple A; la engreída Cristina, que empezó su presidencia con un patrimonio de 6 millones de dólares y sale reclamando con 64, aunque estos sean capillos al lado de la fortuna de la hija de Chávez. Todo en nombre de los cabecitas negras, de los compañeritos y del socialismo, ¡ave María!

pcuvi@elcomercio.org