Juan E. Guarderas

Mujeres de la Costa, uníos

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Propongo una apuesta. “Mujer rural ecuatoriana”, repita esto en su cabeza e imagine el colectivo que debe ser el sujeto de políticas públicas de empoderamiento y promoción. Apuesto a que la imagen de ponchos, llamas o rasgos típicamente identificados con lo indígena apareció en la mente de la mayoría.

¿Quid de las mujeres de la Costa interior ecuatoriana? ¿Quién imaginó a una mujer del agro choneño, dauleño, vinceño? Pero esa falta de protagonismo no quiere decir que ellas son las menos necesitadas… por el contrario, son -en muchos casos -las más ­olvidadas, también impactadas por el machismo y la desigualdad, y cuyo aporte socio-económico es invisibilizado.

Las razones para esto son múltiples, y están atravesadas por varios factores, de los cuales quisiéramos rescatar la falta de acceso a educación secundaria y, sobre todo, la crisis de asociatividad presente en los cantones rurales de la Costa interior de nuestro país, y que actúa en detrimento del posicionamiento de sus mujeres en la agenda económica y política nacional.

Por el lado económico, no estar asociadas reduce considerablemente sus oportunidades de acceso a recursos y oportunidades para emprendimientos.

Por el lado político, no basar su identidad en la pertenencia a un colectivo indígena o cultural, si no más bien reconocerse como mujeres campesinas a secas, las ha dejado sin una porción del pastel auspiciado por el multiculturalismo en el desarrollo rural del país. Y es que actualmente -y desde hace mucho tiempo ya- lo campesino a secas, por ser solo una reivindicación de clase, no da réditos en cuanto a participación política y visibilidad respecto de las cifras de población económicamente activa, menos aún en un contexto andinocéntrico e indigenista que ha favorecido la visibilización de las realidades de una mujeres rurales sobre otras.

Se ha producido una apropiación discur­siva que ha reducido la cuestión rural a la cuestión étnica y cultural, desincentivar este hábito es un excelente primer paso en el camino hacia una adecuada participación femenina en el mercado de trabajo a nivel campesino, especialmente en el agro interior costeño. Esto, más un censo cuyos criterios no refuercen lo cuadrado de los roles de género a nivel rural, contribuiría significativamente al posicionamiento de colectivos grandemente invisibilizados y, por consiguiente, al diseño y planificación de planes de desarrollo y políticas públicas verdaderamente inclusivos y diversos.

El Día Internacional de la Mujer se acerca, la Cumbre Internacional de ONU-Mujeres es en una semana; pero en nuestro país hay ­mujeres que han estado sistemáticamente olvidadas. Al calor de estos eventos, es un momento ideal de reconocerlo y actuar.

* Artículo escrito en coautoría con Estefanía Baquerizo Carchi