Jorje H. Zalles

Motivos para el desarrollo emocional

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13 de February de 2013 00:03

En un artículo anterior, citaba una frase de Daniel Goleman: "Ninguno de los hábitos emocionales cambia de la noche a la mañana: cambiarlos requiere persistencia y vigilancia. Podemos hacer los cambios críticos en función directa de cuán motivados estamos para intentarlo".

¿Cuáles son esos "cambios críticos"? Son mejoras en elementos esenciales de la inteligencia emocional incluidos el manejo adecuado de la ira, y una mayor capacidad para calmarnos y calmar a otros, escuchar con empatía, automotivarnos y enfrentar la vida con optimismo.

¿Por qué querríamos mejorar estos aspectos de nuestra realidad sicológica? Hay dos motivos principales: nuestra necesidad de paz interior, y el amor que sentimos por otras personas.

Pocos viven en profunda paz. Al contrario, casi todos conocemos angustias por "no sabemos qué", la sensación de estar frente a problemas que no sabemos cómo resolver, el dolor de la soledad y de la frustración, la inseguridad frente a desafíos que no estamos seguros de poder enfrentar, bajones en nuestra autoestima que han resultado de una equivocación, un revés, una decepción o un rechazo, la experiencia de despertar de noche temerosos y deprimidos, y de mañana sin la fuerza necesaria para querer enfrentar al mundo. El primer motivo para desear mejorar nuestra inteligencia emocional es la perspectiva de ser menos propensos a esas zozobras e inquietudes y más capaces frente a los desafíos destructivos de la vida.

El otro gran motivo nace de nuestros amores.

Irónicamente, las personas a quienes más lastimamos por nuestra poca inteligencia emocional son casi siempre aquellas a quienes más amamos.

Nuestra ira y nuestra indiferencia no lastiman a desconocidos: lastiman mucho antes a nuestra esposa, a nuestro hijo, a nuestros padres, hermanos y amigos.

¿Recuerda cuando un hijo hizo algo que no debió hacer -dejar caer un vaso de agua, hacer mucho ruido, llegar tarde- y Usted reaccionó con dureza desproporcionada? ¿Recuerda cuando su hija necesitaba contarle algo y usted le dijo: "No ahorita, mi amor, estoy ocupada"? ¿Qué dolor habrá querido compartir? ¿Cuánto le habrá lastimado su rechazo, que ella pudo entender como indiferencia? ¿Se le ha ido alguien para siempre, luego de una pelea y antes de que se pudieran reconciliar? Recuerdos como esos talvez nos lleven, motivados por el honesto deseo de no lastimar a quienes amamos, a no encogernos de hombros con la fatalista actitud de que "así soy" y, al contrario, a comenzar un serio esfuerzo por introducir aquellos "cambios críticos" en nuestras vidas.

Como en muchos otros contextos, parece más sensato actuar preventivamente frente al intenso dolor, tanto propio como ajeno, y no renunciar a ese intento para tener, luego, mucho que lamentar.