18 de August de 2010 00:00

¡Moscú en llamas!

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Patricio Quevedo Terán

Durante tres semanas ardieron los inmensos bosques que envuelven a la ciudad de Moscú. La devastadora intensidad del fuego solo puede adivinarse mediante el dato que varias decenas de personas han muerto asfixiadas por el aire enrarecido y sus emanaciones, lo que inevitablemente trae a la memoria otro incendio que bien pudo alterar el rumbo entero de la Civilización Occidental, '¡nada menos!

El caso fue que los conflictos entre Napoleón I, llegado a la cumbre de su poder, y su incómodo aliado el zar de Rusia Alejandro I, decidieron al monarca francés –como 120 años más tarde, también lo intentaría Adolf Hitler- para invadir las inmensas estepas de Rusia.

Planeaba Napoleón derrotar en campo abierto al enemigo pero, para su sorpresa descubrió que los rusos estaban aplicando la táctica de tierra arrasada y que masivamente iban retirándose hacia el oriente, mientras dejaban aniquilado a su paso, todo lo que pudiera servir al enemigo.

De esta suerte solo hubo una batalla formal y esta para darse un respiro y completar la evacuación de Moscú, por lo menos en apariencia, ya que bien ocultos habían quedado unos centenares de soldados, con la consigna de incendiar la ciudad. De ahí que ya instalado el monarca francés en Moscú enseguida empezaron a llegar informes de que habían comenzado siniestros en los barrios más apartados, que no cesaba el fuego sino que avanzaba hacia el centro hasta convertir la ciudad en un mar de llamaradas las cuales no cesaron durante cuatro semanas.

“El ruido de las llamas semejaba el rugido de las olas; el cielo estaba cubierto por nubes de humo y era posible leer durante las noches en un radio de tres a cuatro leguas alrededor de Moscú” (Historia Moderna, Cambridge).

Entre tanto, Napoleón dudaba dramáticamente, si debía ordenar la retirada, pero cuando cayeron las primeras nevadas de un invierno crudelísimo, ya no quedó elección posible.

La retirada acabó siendo un desastre colosal: aparecieron entonces los guerrilleros rusos y el invierno causó innumerables bajas, de modo que cuando los restos del ejército alcanzaron los territorios occidentales, se calculó que de cada 20 soldados que habían emprendido la aventura de Rusia, solo uno había logrado regresar.

Y ese mismo fue el momento en que afloraron resentimientos y venganzas dentro del heterogéneo Imperio. Napoleón hizo prodigios de estrategia y actividad pero nada pudo evitar el hundimiento: la renuncia, la isla de Elba, el intervalo de los Cien Días, la derrota final y la isla lejanísima de Santa Elena.

¡ Resulta pues alucinante imaginar lo que hubiera sucedido con el Emperador francés y más aún, con toda la civilización occidental, si la ciudad de Moscú no hubiera sido incendiada en el año 1812!

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