Marco Arauz

Moreno y su transición

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Para hablar de transición es necesario considerar un estado del cual se está saliendo y de otro al que se quiere llegar. En política, por eso, la transición normalmente se da entre regímenes dictatoriales y democráticos, y suele ser costosa. Ahí está, por ejemplo, el caso del presidente argentino Raúl Alfonsín, que se inmoló políticamente para sacar a su país de la dictadura.

¿Es Lenín Moreno un presidente de transición? La pregunta cabe, cuando ha pasado un año de su mandato y es notorio que ha marcado pautas con la intención de dejar atrás diez años de un modelo político y económico del cual fue parte. Porque es necesario señalar otra característica de la transición: es un estado intermedio que no tiene necesariamente carácter propio, al combinar aspectos del anterior con los que anuncian el siguiente.

Moreno se la jugó cuando tomó una distancia decisiva sobre el modo en que el gobierno anterior usó los fondos públicos. Propició que el hoy exvicepresidente Glas respondiera ante la justicia y ha denunciado problemas en la ejecución y el manejo de cientos de obras declaradas emblemáticas. El expresidente Correa sigue defendiendo las megaobras pero ¿a qué precios, en qué condiciones financieras? ¿Con qué propósito?

Moreno también denunció la falta de transparencia en el manejo público. Basta ver el caso de la deuda, el manejo de las preventas petroleras y los “bicicleteos” de fondos y créditos de instituciones públicas, usados para proveer de dinero a un voraz Fisco, para no olvidar de lo que estamos hablando.

Otro cambio tuvo que ver con el estilo autoritario y la institucionalidad concentradora. De hecho, su Gobierno se ha tomado casi un año para hacer algunos cambios -nunca los suficientes- cuyos hitos son la consulta popular de febrero, que está rompiendo parcialmente el control estatal desde el Ejecutivo; el envío de reformas a la Ley Orgánica de Comunicación y, sobre todo, una manera distinta de relacionarse con las organizaciones sociales y el respeto a las opiniones ajenas.

El patito feo de este estado de transición es la economía: todavía no existe un plan económico como tal, pero el segundo intento de incentivar la producción y el anuncio de reinsertar al país en el comercio internacional son buenas noticias. Después de meses en los cuales prefirió seguir en manos de los acólitos del laureado economista, hoy apuesta casi ciegamente al sector privado.

La transición sería, entonces, a una sociedad más abierta y sin atavismos ideológicos, a un poder con contrapesos, a un manejo racional de la economía en donde se produzca antes de gastar incluso los fondos de ahorro. Estamos hablando de una frontera de al menos tres años más. Eso exige una actitud de renuncia personal y política muy grande que pondrá a prueba a Moreno. Por cierto, ser transitorio no significa ser intrascendente.