Monseñor Julio Parrilla

El monstruo omnipresente

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Es triste decirlo, pero hay en España más de mil políticos con causas abiertas por corrupción, pese al altísimo número de cargos públicos que no pueden ser juzgados por tribunales ordinarios y que viven de privilegiados blindajes…Y, mientras los delincuentes de cuello blanco se pasean orondos en su lindo carro del año, haciendo alarde de un nivel de vida propio de un sátrapa, el pueblo llano tiene que malvivir y torear el hambre.

Frente a este desastre nacional, se comprende la indignación de aquellos que se ven descartados y a los que, por causa de la crisis económica, se le pide cada día enormes sacrificios. La amalgama y el auge de Podemos, populista y un tanto ácrata, solo se comprende desde esta indignación que un día instaló sus carpas en las plazas de Madrid y hoy alcanza a amplios sectores de la sociedad española.Estamos ante un problema (la corrupción es uno de los mayores problemas que tiene España) que devora el crédito de partidos e instituciones, incluida la Corona, y que mina los cimientos de la democracia y del Estado de Derecho.

La corrupción, como si fuera un monstruo omnipresente, destroza sin piedad a políticos, funcionarios, jueces, banqueros, administradores públicos y privados. Tal es así, que muchos se preguntan si la corrupción no formará parte del ADN nacional… Lo cierto es que la corrupción se ha metastizado hasta un punto insoportable.

La crisis que se vive en España hace que el país, poco a poco, se vuelva ingobernable y deja en evidencia lo peor del ser humano: el individualismo, la indiferencia ante el dolor ajeno, la incapacidad para el consenso y para la integración. Pareciera que del “sálvese quien pueda” hemos pasado al “hundámonos todos, que es mejor”. Y, sin embargo, mirando a España con un mínimo de objetividad y de ternura, hay que decir que posee un sinfín de rasgos y potencialidades para ser el país grande y feliz tantas veces soñado. Eso sí, imposible de construir mientras corrupción e impunidad sigan campantes.

Entre las deformaciones del sistema democrático, la corrupción política y económica es una de las más graves, porque traiciona no solo los principios de la moral, sino también la dignidad humana, hiriendo profundamente la confianza en los gobernantes, en las instituciones y en el mismo quehacer político, como si este fuera solo patrimonio de los más pillos.

Todos tenemos que luchar sin cuartel contra cualquier atisbo de corrupción, de corromper o corromperse al amparo de la codicia humana. La política “sporca”, que la inmensa mayoría rechaza, tiende a justificarlo todo con tal de lograr sus fines. Quienes intentamos movernos en el ámbito de la ética política sabemos que no todo vale, que hay líneas rojas que no deben ser traspasadas. A todos nos toca educar la conciencia, pero especialmente a los gobiernos le corresponde garantizar la debida fiscalización y hacer lo imposible para que ningún acto corrupto quede impune.

jparrilla@elcomercio.org