22 de June de 2010 00:00

Monsiváis, insumiso ante el poder

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Manuel Camacho Solís

La muerte de Carlos Monsiváis ha conmocionado a México. Casi nunca la muerte de un intelectual ocupa las ocho columnas, genera tantas reacciones y provoca semejante tristeza. Él se supo ganar el cariño de muchos, quienes hoy lloran su ausencia. Se ganó el temor de otros tantos que, desde el poder, resentían sus críticas o se sorprendían cuando, creyendo que lo tenían de su lado, establecía su distancia: la que le marcaban su honestidad intelectual, su inteligencia y su carácter rebelde. Por eso pudo ser, además de intelectual prolífico, severo crítico del poder.

Su excepcional inteligencia le permitía decir sus verdades de la manera que estas tuvieran el mayor impacto. Por eso siempre sorprendía. Decía lo que nadie esperaba. Incluso a sus seguidores que le conocían y leían, les ofrecía la respuesta nueva, inesperada. No improvisaba. Era un hombre disciplinado que siempre hacía la tarea. Su método podía ser heterodoxo, pues pasaba de la descripción mordaz a la anécdota, de la revisión de una idea a su descalificación, pero atrás de todo había un trabajo recio y sistemático.

Monsiváis estuvo siempre en la oposición al poder. Lo hizo cuando el movimiento ferrocarrilero. Con el movimiento estudiantil, al que acompañó y al que buscó enriquecer con su reflexión. Después del temblor de 1985 estuvo al lado de los damnificados, para quien fue la figura más venerada. Durante el levantamiento zapatista ayudó a que se entendieran sus razones. Ante el desafuero y en el 2006 acompañó con el mismo entusiasmo -que en 1958 y 1968- a Andrés Manuel López Obrador.

Lo entusiasmó la Revolución Cubana, pero también estableció su distancia. Después de las elecciones del 2006 se subió al templete a defender la necesidad de transparentar la elección, pero también tuvo la honestidad y el valor para señalar su desacuerdo sobre decisiones tácticas. Nunca puso límite en su defensa de causas sociales, la mujer, la diversidad sexual y el Estado laico.

Yo conocí a Carlos en las más diversas facetas. Como el joven que se acerca para obtener su visto bueno para una publicación. Como el político del sistema que sabe de su enorme influencia y quiere incidir -sin éxito- en su opinión política. Como dos personas que se respetaban en conversaciones políticas serias o pensando en convocatorias amplias que pudieran ser útiles.

Un día, a propósito de una conferencia de prensa donde el subcomandante Marcos levantó la bandera nacional y yo la sostuve del otro extremo, me preguntó, por qué lo hiciste. Le dije, porque si no hubiera quedado sepultado políticamente' y por patriotismo. Me contestó esa es una palabra demasiado fuerte para mí. Quizá la palabra lo era por su visión universal, pero no el contenido en cuanto a su perseverancia y valor con las que defendió las mejores causas de la sociedad.

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