Monseñor Julio Parrilla

Me queda la inocencia

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5 de julio de 2014 21:02

Su infancia fue un paraíso perdido y la guerra civil una dura escuela. Quizá por eso, Ana María Matute fue una niña con ojos de adulta, capaz de descubrir la crueldad. Su enorme sensibilidad para ver el mundo con ojos compasivos la hizo pasar del realismo descarnado de la guerra y la posguerra a la fantasía medieval de sus últimas obras.

En el corazón de sus palabras latía el miedo frente al dolor y al desamor. Es triste decirlo, pero la mayoría de las veces ambos van de la mano.

Para conocer la obra hay que acercarse a la persona, conocer su mundo y, muy especialmente, sus vericuetos interiores. Ana María Matute fue la niña eterna de pelos blancos. Su padre podría haber sido amigo de Unlises, soñador y aventurero; su madre más bien podría haberlo sido del Cid Campeador, terco y épico. Pero ella pronto comprendió que el ideal no siempre coincide con la realidad, en la medida en que las cosas le arañaban por dentro. Ella era una niña especial, refugiada en la observación y en la fantasía. De tal forma que aquella pequeña frase: “Érase una vez...”, conmovió toda su vida. Las niñas de aquel tiempo eran mujeres recortadas. Ella, más que rebelde tenía ideas y exploraba lo que le daba la gana.

Los desastres de la guerra hicieron que el mundo de la imaginación se viniera abajo: los bombardeos, el miedo, la impotencia,... Al final, no le queda más remedio que conocer la miseria humana. Hasta entonces la muerte sólo era una palabra. A partir de entonces se convirtió en una experiencia, la más dolorosa de todas. ¿Cómo es posible que mueran las personas amadas, los inocentes, los mejores?

En un momento dado, Ana María Matute deja de escribir. Serán 18 años de silencio y depresión, algo que tenía que ver con las herramientas emocionales, con la forma de interpretar el pasado, las pequeñas frustraciones acumuladas,... La muerte de Julio, su gran amor, le partió la vida. “Olvidado Rey Gudú” será su renacimiento. Vuelve a inventar mundos y a recoger afectos.

Recibió el Planeta, el Nadal, el Nacional de Literatura y el Cervantes. Y, sin embargo, nunca escribió para ganar premios.

Las suyas fueron palabras lanzadas al viento... Es verdad que los premios no hacen escritores, pero hacen lectores, que no es poco.
Recuerdo sus palabras en Televisión Española hace algunos años, cuando ya miraba la vida no como un desafío, sino como una acción de gracias: “Me queda la inocencia: cada día me asombro de algo, quiero decir que todavía no soy vieja”.

Si algo me ha conmovido en el alma de Ana María Matute es su amor a la naturaleza, al bosque, como un nuevo escenario literario, el lugar en el que todo puede pasar, como en la mente o en el corazón. La inocencia, como el amor, es eterna.
jparrilla@elcomercio.org