Rubén Loza Aguerrebere

Momentos de una vida

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17 de January de 2014 00:02

En forma paralela a los libros de la historia más cercana, sobre los más diversos personajes (políticos, antiguos guerrilleros, diversos deportistas) otros libros que hoy se editan de manera habitual son aquellos a los que podemos considerar como autobiografías, diarios o dietarios. Manes Sperber solía escribir sobre estos temas que percibía.

Los textos, basados en ciertos períodos de la vida personal, donde autor y protagonista son una misma persona, se están multiplicando. En este género editorial debemos situar el reciente volumen, titulado “Versos de una vida”, de Gonzalo Pérez del Castillo. El autor nació en Montevideo, en 1946; de niño se trasladó a Francia y a los 10 años estaba de retorno. Pero desde entonces su vida ha sido andariega; la de un hombre para quien podemos decir que el mundo no es (como lo era para Ciro Alegría) “ancho y ajeno”. Veamos. A los 16 años se fue a Australia, donde se recibió de ingeniero agrónomo; poco después ganó un concurso de su especialidad y marchó a Roma.

Desde 1980 se desempeñó en Chile y en Perú y, luego, como coordinador de la ONU, en El Salvador y en Bolivia. Recibió, por sus tareas profesionales, diversas distinciones. Posteriormente, redactó este libro sobre su andadura por el mundo, y, tarea nada sencilla, en verso. Este detalle singulariza su libro. Tengo para mí, que si le preguntaran por qué lo redactó de esta manera ha de responder que lo hizo porque le resulta más fácil enfocarlo y desarrollarlo así. Por ello, lo inicia con un “Homenaje” a José Hernández, donde recoge palabras de su maestro literario, una alusión a tener en cuenta y, más concretamente, cuando uno de los poemas citados, dice así: “Las coplas me van brotando/ Como agua del manantial”.

Sin duda, Pérez del Castillo ha escrito este espejo de una vida andariega (la vida de la ciudad, quehaceres del campo, pinturas ambientales tan variadas como las de Durazno, San Salvador o Roma) porque quien lo hace tiene la necesidad de entregarse al jubiloso delirio del recóndito misterio del idioma, en un largo ejercicio musical.

La lucha del poeta puede ser dolorosa; no debe serlo la del lector, quien tiene que dejarse llevar por ese ritmo emotivo que instintivamente tienen los versos. Aquí son albergue de variaciones que van desde lo tenso a lo intenso, al humor descarnado, e incluso yendo de lo trivial a lo antojadizo.

El lector debe dejarse llevar por imágenes que lo complazcan, transitar los caminos que se bifurcan y, luego, dejarse atrapar por los misterios que una mente racional, que procura guiarlo por su fidelidad a la sucesión de imágenes con rima, que constituyen el centro del proceso de su imaginación.

Esta es una voz que hoy huye de las invenciones de la técnica literaria, y elige prolongarse en una tradición que ha marcado honda y largamente nuestras letras, las de esta zona a las que une el “río de sueñera y barro”, de Borges. Y de esa manera, siervo del verso, discurre por ese camino tan tradicional.