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Cuando los pueblos no entienden, idean, inventan, imaginan, mitifican. Si las gentes no saben, mitifican. Si perdemos a alguien a quien amamos, mitificamos su imagen, falseamos su recuerdo. Mitificamos el amor. Cuando los dirigentes no gobiernan, mitifican. Lo mitificado: personajes históricos o actuales, gobernantes, exgobernantes, abuelos, padres, hijos; ideas, sucesos, teorías, entretejidos con sueños, falsedades y ficciones -¡tan lejos de la verdad que necesitamos!- empiezan a recibir en el recuerdo formas, alturas y dignidades, santidades, inteligencias, heroísmos que no fueron tales; a sufrir virtudes altas y adoptar falsos honores, de tal modo que los mejores se avergonzarían si les fuera dado volver a este mundo y encontraran de sí un enjoyado, abultado retrato, o la mentirosa representación de sucesos, ideas, sueños y logros que nunca fueron.

Los gobernantes menores mitifican el pasado a la medida de su conveniencia: su discurso, que es subterfugio y huida, busca contagiarnos exaltaciones y arrebatos con representaciones embellecedoras de personajes, sucesos, historias, penas. Mitifican, en búsqueda de réditos sociales, políticos, económicos; del honor de la familia y la ciudad; de la honra de la patria; y nuestra desdichada proclividad a alimentarnos del vacío de los mitos favorece y exalta su capacidad mistificadora. Desconfiemos del heroico grandilocuente. De su deseo de convertir en míticas, acciones y circunstancias que el azar nos obligó a vivir. Vivamos el presente con el afán de devolver en justicia a todo y todos su ser y su hacer sin forzar imágenes hasta la perversión: evoquemos virtudes sin ignorar la sombra de carencias y defectos; hagamos un justo tributo a la inteligencia que, si existió, estuvo, sin duda, unida a la capacidad de reconocer los propios límites. Renunciemos a narraciones artificiales y falaces de los hechos; abandonemos el simulacro, síntoma de inmadurez personal y social, y busquemos la verdad adecuada a lo vivido y experimentado.

Ejemplar es el líder cuyas virtudes y defectos, errores y equivocaciones, sin esconderse en párrafos sonoros y retórica hueca, se nos muestran superados por su voluntad de entrega, por su sentido del deber, su tolerancia y autocrítica; por su capacidad de escuchar a quienes se le oponen, de reconocer al adulador y renunciar a sus adulos; por el heroísmo de cumplir con esfuerzo, y no pocas veces con dolor, exigencias y sumisiones inadvertidas para los demás.

En lo cotidiano, propensos a la exageración, mitificamos, doramos, encubrimos, según ‘convenga’, vidas y sucesos, aunque la dignidad lograda sobre ficciones frívolas y colores añadidos nos expone a la ironía de quienes tejen su existencia con certezas en las cuales reconocerse y reconocer a los demás. Contrastemos los mitos con el inadvertido aporte del humor ejercido sobre nosotros mismos y sobre lo vivido, devolvamos a hechos y personas la dimensión que precisan para contribuir a la nobleza histórica que todo ser humano, todo pueblo merecen.