13 de May de 2010 00:00

Lo mismo de siempre

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Rodrigo Fierro Benítez

Gran día cuando supimos que un estudio realizado en el Centro de Biomedicina de la Universidad Central había sido merecedor al premio que el International Journal of Gynecology and Obstetrics concede a la mejor investigación clínica publicada en el 2009. Sus autores: Enrique Terán, principal investigador, y sus colaboradores Isabel Hernández, Belén Nieto, Rosario Tavara, Juan Emilio Ocampo y Andrés Calle.

No tengo la menor duda si señalo que el Dr. Enrique Terán se incluye en la media docena de científicos que produce nuestro país con cada generación. Excepcionales en la extensión de la palabra. Como sucede en estos contados casos, el Dr. Terán debió prepararse al máximo nivel: en el Instituto Walfson para Investigación Biomédica de la Universidad de Londres obtuvo su PhD (doctorado de cuarto nivel) en Farmacología Molecular. Una vez en Quito, a partir de 1992 en el mencionado Centro de Biomedicina, a dedicación exclusiva inició sus investigaciones sobre temas relacionados con el embarazo. Citaré aquí tan solo las revistas extranjeras más importantes en las que han salido publicadas las investigaciones de nuestro colega: International Journal of Gynecology and Obstetrics, Journal of Medical Virology, American Journal of Hypertension, American Journal of Obstetrics and Gynecology, Endotheliun y Lancet, esta última de entre las más prestigiosas del mundo. En un país desarrollado el Dr. Terán hubiera contado al presente con su laboratorio en una universidad, el sueño tranquilo con un futuro asegurado para los suyos. El Dr. Terán se vio obligado por las circunstancias a pasar a otra actividad: Director Médico de la Casa Farmacéutica Roche. Algo parecido ocurrió con el Dr. Ernesto Gutiérrez, de Guayaquil, y Patricio López Jaramillo, de Quito. Una historia que se repite en nuestro desventurado país.

Me entusiasmé cuando Rafael Correa, tanto de candidato como ya de presidente, habló con energía y propiedad del desastre nacional que significaba la situación de la educación superior en nuestro país. Se imponía un cambio, del que necesariamente saldría beneficiada la investigación científica. No se crearía una sola universidad y las existentes serían evaluadas, anticipándose que unas tantas debían desaparecer por obvias razones. Cuando hace poco el presidente Correa estuvo en Santo Domingo, pese a las presiones furibundas, no dio su brazo a torcer: no se crearía allí una nueva universidad.

En estos días, ante mi asombro, la Comisión de Educación de la Asamblea aprobó la creación de tres universidades, en Cañar, Napo y Santo Domingo, y se anuncian tres más. Además, y para colmo, se resolvió dejar sin efecto la evaluación del Conea, con la que 26 universidades debían ser eliminadas, también por obvias razones. Así, hemos vuelto a lo mismo de siempre: un país de nadie.

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