Milton Luna

No sembrar violencia

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A mediados del siglo XX, América Latina era un volcán en erupción. Por todos los lados de este continente cobrizo estallaban fumarolas, eran guerrillas urbanas y rurales, muchas de ellas inspiradas en el triunfo, en enero de 1959, de la revolución armada cubana dirigida por Fidel Castro y por emblemáticos comandantes, como el Che Guevara.

Los pobres de América Latina serían redimidos a través de los fusiles en una suerte de continuidad de las luchas independentistas de España de inicios del S. XIX. El socialismo debía imponerse a sangre y fuego. En todos los países se fundaron ejércitos revolucionarios que debían derrotar a las FF.AA. regulares defensoras de los Estados opresores. En todos los países se fundaron, menos en el Ecuador. En el nuestro hubo un intento de guerrilla, la del Toachi, experiencia romántica juvenil que no cuajó.

¿Por qué en el Ecuador no prendió el fuego de la lucha armada y de la violencia, incluso teniendo por décadas incendios tan cercanos, permanentes y feroces, como los de Colombia y del Perú? Esta es una buena pregunta que todavía no la resuelven nuestros historiadores.

De todas maneras se puede arriesgar algunas hipótesis: No es que los ecuatorianos seamos menos fogosos que nuestros hermanos latinoamericanos, no; la verdad es que nos dimos suficiente bala en todo el siglo XIX y, durante el XX, desde muy temprano, en medio de la lucha, se crearon normas y conductos informales e instituciones que canalizaron múltiples conflictos sociales creando una cultura democrática en la sociedad y en el Estado, como la de las FF.AA., que nunca tuvieron las características brutales que sí adoptaron los ejércitos del Cono Sur.

Hemos tenido en el siglo XX grandes movilizaciones populares, golpes de Estado, derrocamiento de presidentes, muchas veces sin un solo muerto. Nunca, exceptuando la acción de algún líder violento que sí lo hemos tenido, llegamos a los extremos de nuestros vecinos. Incluso varias de nuestras dictaduras fueron calificadas de “dictablandas”.

A pesar de las inevitables refriegas, aprendimos a manejar los conflictos en los límites adecuados. La democracia nacional, con todos sus defectos, creó válvulas de escape que impidieron el desborde a la violencia irracional. Por esto, por décadas, hemos tenido “tira piedras” y no “coches bomba”. Allí la diferencia con otros lares. Por esto, uno de los más grandes patrimonios del Ecuador es su rebeldía y su simultánea vocación por la paz.
Un Estado tolerante, con canales de participación y desfogue, garantiza la convivencia pacífica. El disciplinamiento y el control al extremo estimulan la violencia, que aparece por el lado menos esperado.

Suficiente sufrimiento han tenido las madres y los jóvenes del Colegio Mejía. Abramos los caminos del diálogo y de la libertad. Estamos todavía a tiempo.