Patricio Quevedo

Mil días de Kennedy

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27 de November de 2013 00:02

La tragedia ocurrió poco después del mediodía, en la ciudad de Dallas, perteneciente al poderoso estado de Texas.

El joven Presidente de Estados Unidos, primer católico que había asumido esta magistratura, no obstante que solo gobernó durante mil días, dejó una huella imborrable arrolladora y dinámica en la Administración de su país, tal como lo han reconocido muchos historiadores y comentaristas por ejemplo Carl Grimberg, imparcial observador del panorama mundial, de modo que no resulta extraño la decisión de la viuda del Mandatario asesinado, la guapa y sobre todo distinguidísima Jacqueline, de invitar a un escritor responsable y enterado de la historia, como William Manchester, para confiarle sus recuerdos de "aquella gran tragedia nacional", por lo que en asocio con su cuñado, el entonces senador Robert Kennedy, pidiera que "escribiera la historia del magnicidio, junto con la de los días que precedieron y le siguieron al luctuoso acontecimiento".

De hecho, l os editores del libro que llegaría en definitiva a superar las setecientas páginas, han destacado ciertos reveladores datos de coincidencia entre el Presidente y el historiador. Así las circunstancias de que a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, los dos habían servido en la Marina en la base de Guadalcanal, al otro lado del estrecho donde se ubicaba la base de los pequeños navíos, PT-109, de Tulagi donde se hallaba Kennedy.

Dejaron el escenario del conflicto al mismo tiempo, fueron condecorados como héroes de guerra con la presea "Purple Heart" y para mayor abundamiento tenían hijas de la misma edad, "habían viajado por los mismos países y compartían un profundo interés por la historia estadounidense". De esta suerte y como efecto del misterioso entrelazamiento de los factores, si bien los sucesos pertenecieron a dos andariveles muy distintos -el crimen y el libro- bien puede reconocerse que ambos fueron muy dramáticos en sus respectivos ámbitos.

De todas maneras, el autor dedicó escuetamente la obra, "para todos aquéllos en cuyo corazón él sigue vivo, guardián de honor que nunca duerme". Luego de relatar la invitación de Jacqueline, Manchester dejó en claro algunas condiciones que él consideraba imprescindibles. Así constó que ni la señora Kennedy ni cualquiera otra persona "será en modo alguno responsable de mis ulteriores investigaciones, ni del relato basado sobre ellas.

Mis relaciones con las principales personalidades fueron enteramente profesionales. No recibí ninguna ayuda financiera de la familia Kennedy. No figuro en la nómina del Estado. Nadie trató de dirigirme y creo que todos los lectores, incluso los que tenían una relación más íntima con el fallecido Presidente, encontrarán aquí muchas cosas nuevas y, quizás también, algunas inquietantes.

Solo yo soy responsable de ellas. Quizás piensen que soy un mal juez, pero estoy seguro de que no sacarán la conclusión de que yo me haya prestado a ser amanuense de nadie. Si dudan de mí pueden abandonar la lectura al final de este párrafo". Y de esta suerte, con absoluta diafanidad es que se desenvuelve el minucioso trabajo de la investigación.