Ana María Correa

Mi sobrina malcriadita

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14 de February de 2013 00:00

Quizá se sorprendan cuando les cuente que crecí huyendo de mi tío Jorge Salvador Lara. Intentando que no me viera, procurando ser un fantasmita invisible para evitar que ese hombre barbudo y atemorizante, se percatara de mi presencia alrededor.

Parece una historia de terror, pero no lo es. De hecho es una historia de admiración y ternura que se cocinó durante 36 años de vida, y que por decirlo de alguna manera, tuvo un comienzo complicado.

La historia es la siguiente: una niña frágil y de timidez enfermiza, que se enfrentaba a su tío, bajo la sombra de su hermana mayor, la parlanchina que siempre tenía algo que decir, y ella la menor, que siempre quedaba evidenciada por su silencio. La niña tenía pánico escénico al saludo y le significaba un suplicio de Tántalo, el que alguien lo notara.

Deberán comprender que en los niños, las emociones se magnifican, se vuelven absolutos, y que por tanto, en los planes de la niña, estaba el hacer todo lo que fuera posible, para evitar aquel momento bochornoso y triste -para ella en todo caso- en el que el tío Jorge encontrara a las 2 hermanas y procediera a sentenciar: ¡Ah, aquí están mi sobrina cotorrita (con un fuertísimo acento en la R que aún lo puede escuchar la menor)… y mi sobrina malcriadita [sic]. El "malcriadita" por supuesto retumbaba. Esto no una, sino miles de veces a lo largo y ancho de su infancia, con lo cual el miedo creció hasta alcanzar el tamaño de una de aquellas catedrales que él con absoluto ahínco y meticulosidad se dedicó a visitar durante su vida.

Pero ese miedo, junto al de la oscuridad, soledad y otros tantos, quedaron en los baúles de la infancia y años después, supongo que con una sonrisa cómplice en el rostro, el tío Jorge, se encontró con que su sobrina malcriadita compartía su afición por la escritura, con la que él durante más de cuarenta años, había hecho de las suyas.

Nunca perdió ocasión de comentarme mis escritos. Con picardía y complicidad me hacía infidencias, como que él también quería decir ciertas cosas en su columna, pero que se las guardaba por prudencia. También me daba consejos prácticos sobre cómo archivar los artículos, después de todo, él tenía un doctorado en el tema, siendo el sabio custodio de una biblioteca que los maravillaría a todos ustedes: 25 000 libros entre los cuales buceaba como auténtico pez en el agua.

Un año después de su partida, me queda la imagen de su calidez humana y de su genialidad como contador de historias.

Recuerdo las caras curiosas y entretenidas de algunos editorialistas de este diario, cuando solo 2 meses antes de su muerte, él hasta altas horas de la noche, los mantuvo en vilo con sus anécdotas.

Jorge Salvador Lara, con su sonrisa radiante. Eso fue.