Ivonne Guzmán

Señor Matanza

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‘Esta ciudad es la propiedad del Señor Matanza”. No estoy afirmando nada. Solo estoy tarareando una canción de Mano Negra; y lo hago aterrada de saber que el rato menos pensado –si seguimos impasibles, mientras la horchata corre por nuestras venas– además de ser la descripción perfecta de cualquier ciudad mexicana pueda serlo de una ecuatoriana.

Láncenme todas las piedras que quieran por alarmista, por paranoica, por exagerada. Lo mismo les decían al analista mexicano Eduardo Guerrero –como cuenta en la Gatopardo de octubre– y a quienes como él empezaron a advertir a inicios de los 2000 que el deterioro acelerado de la seguridad era una “mala señal”; el anuncio de algo horrible e incontrolable. Algo como la tragedia de Ayotzinapa y sus 43 estudiantes desaparecidos; seguro algo como los 24 500 mexicanos desaparecidos desde el 2005 (algunos de ellos ya han empezado a aparecer en fosas comunes). Pero a Guerrero las autoridades mexicanas le decían, a veces burlonas, a veces cejijuntas, que era su malintencionada percepción la que le hacía ver cucos.“Esa olla, esa mina y esa finca y ese mar (…) son propiedad del Señor Matanza”. Sí, ese mar. Allá y también aquí. No solo a inicios de este año se encontró uno cerca de la isla Puná Vieja, venimos encontrando varios semisumergibles, que sirven de vehículo de cuanta cosa ilegal pueda transportar el crimen organizado.

“Ese federal, ese chivato y ese sapo del sindicato / y el obispo, el general son propiedad del Señor Matanza”. Da terror la certeza de que delincuentes sean miembros de las instituciones que nos ‘protegen’. Pasa en México; el grupo criminal Guerreros Unidos, al menos hasta antes de la desaparición de los 43 normalistas, designaba a los miembros de la Policía.

Y, con matices, pasa aquí: un exjefe de la Interpol y tres policías fueron apresados hace pocas semanas por colaboración con narcotraficantes que operaban desde el aeropuerto de Latacunga. Dimitri Barreto puso clara la gravedad de la situación, la semana pasada, en un análisis en este Diario. “La infiltración en las instituciones públicas es la estrategia del crimen, porque otorga no solo control político, sino también económico y judicial (…)”.
“Los que matan, ¡pam, pam! / son propiedad del Señor Matanza”. Y también deben serlo los que dinamitan carros blindados. Ustedes, ¿qué creen? Se los pregunto con la esperanza de que les importe un poco más de lo que le importa a la Presidenta de la Asamblea Nacional, quien no ha dicho ni esta boca es mía ante la posibilidad de que los Señores Matanza mexicanos se estén colando en cada intersticio que nuestra enclenque institucionalidad deja (indicios de los lazos que nos ‘hermanan’ con el cartel de Sinaloa no faltan). Se los pregunto porque si siguen actuando con la pasividad de a quien no le importa, entonces quizá merezcamos que venga un Señor Matanza, cualquiera, y no deje piedra sobre piedra.