Monseñor Julio Parrilla

‘Mi hijo no era un perro’

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Las noticias de México resbalan por nuestra conciencia y el horror apenas nos salpica. Lo peor para nuestra condición humana es no sentir ni padecer, dejar que las cosas ocurran y consentir la impunidad. Quizá las cosas fueran diferentes si estuviéramos más cerca, si la carne y la sangre fueran nuestras. La distancia nos protege y preferimos ignorar…

Pero, en esta ocasión, nos lo han puesto más difícil. El pequeño Christopher, de 6 años, fue arrastrado a una pesadilla de la que cuesta despertar. ¿Es posible “jugar a secuestradores” y acabar matando? ¿Es posible hacer tanto daño? ¿Es posible que la víctima y los verdugos sean niños apenas adolescentes? En un país salpicado por la sangre de los inocentes, todo es posible y dolorosamente real.

Pero el hecho nos ubica a todos frente al espejo de la violencia y destapa esa parte oscura del hombre, capaz de ser un lobo para el hombre (¡ay, qué veraz resuena aquel “homo homini lupus” que los antiguos nos dejaron como advertencia!).

México lindo y querido se convierte en una de las mayores tumbas del planeta. Como si se tratara de un ritual ya asimilado, allí se entierran cuerpos, sueños y esperanzas, una especie de maldición que arranca de cuajo la inocencia. “El Negrito” (así llamaban a Christopher) podría haber pasado inadvertido, uno más entre los miles de niños asesinados, pero el juego de muerte (el niño destrozado a manos de niños) deja en evidencia hasta qué punto la descomposición social puede oprimir a un pueblo.

¿Y los valores? ¿Y el valor de la vida? ¿Y la distinción entre el bien y el mal? Dicen que, antes que al niño, mataron a un perro callejero… Cuando la conciencia falla cualquiera se convierte en presa, incluso el amigo, el vecino, el primo,… Ahora toca digerir el horror.

Esta triste y amarga historia “es el reflejo de una generación que ha crecido en la idea de que matar no tiene consecuencias. ¿Qué esperamos si viven en un estado campeón de la impunidad y donde la vida carece de valor? Eso es lo que han aprendido. El único remedio frente a esta locura es hacer justicia”. Son palabras de Sandra Rodríguez, autora de “Fábrica del crimen”, el estremecedor relato de otro horror.

Dicen que, al pie de la tumba, la madre sollozaba y decía: “Mi hijo no era un perro”. ¡Claro que no! Los hijos son hijos y para ellos se construye un mundo mejor, en el que el arte del buen vivir no se reduzca a llenarles la panza y a satisfacer todos sus deseos… Un mundo sin fe, sin valores, sin sentimientos de piedad, acaba siendo un mundo sin esperanza, condenado al fracaso. De este mundo (para bien o para mal) tendremos que dar cuentas y asumir responsabilidades. Ya lo estamos haciendo cuando, para nuestra vergüenza, nos toca oír semejante lamento: “Mi hijo no era un perro”.

jparrilla @elcomercio.org