Pablo Cuvi

Messi vs. Francisco

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Bueno es culantro, pero no tanto. ¿Quién puede parar la ola de imágenes papales que inunda los medios? ¿Quién es el único que puede ganar por goleada a Jorge M. Bergoglio? Se trata de otro argentino, claro, pero eso no importa pues, salvo cuando juega contra Ecuador, soy hincha de la selección albiceleste desde el Sudamericano de 1957, cuando los ‘caras sucias’ deslumbraron al mundo.

Ahora, ante la perspectiva de ritos solemnes y blancas sotanas envueltas en incienso y políticos queriendo sacar tajada, se agradece la posibilidad de ver en la pantalla a cuerpos sudorosos y semidesnudos que ejecutan un canto pagano a la vida, al aquí y al ahora, jugándoselo todo por una simple copa, frente a la religión, cuya función primordial es aliviarnos del miedo a la muerte y ubicar el sentido de la existencia en un brumoso e indescifrable más allá, donde habitan los santos.

No soy el primero en sostener que esta es una de las razones por las que los partidos de fútbol y los megaconciertos de rock fueron desplazando a los rituales religiosos y se convirtieron en una suerte de misas paganas.

Para no ir muy lejos, pensemos en un concierto del sumo sacerdote Mick Jagger. ¿O ese flaco es propiamente un dios, como dioses fueron la ‘Saeta Rubia’ y el atorrante Maradona, que se juntan en el altar con la venerada estampa del ‘Che’ Guevara?
Si digo ‘Che’ digo política. Y la política es la lucha por el poder, por conquistarlo y mantenerlo con uñas y dientes. ¿Por qué asombrarse entonces cuando el Presidente habla de agudizar la confrontación? De eso se trata exactamente, solo que él lo vuelve explícito pues cree que así mantiene su vigencia y recupera su popularidad. El aburrido lenguaje de la unidad, el ecumenismo, el consenso y la paz espiritual se lo deja al papa Francisco.

He ahí otra razón por la que el fútbol desplaza a la religión: porque instaura en cada encuentro un combate ritual que es una metáfora de la lucha por la vida, donde el hincha descarga pasiones y frustraciones luciendo una camiseta que le da una identidad y un sentido a su precaria existencia, lo que antes buscaba en las iglesias y los partidos políticos.

Un cliché de hierro afirma que la guerra es la política por otros medios; lo mismo se podría decir del fútbol. Por eso observamos en las federaciones el mismo tejemaneje del poder, la misma corrupción, el mismo afán por reelegirse indefinidamente. Y vemos que son los gobiernos quienes manipulan o sobornan a los directivos para conseguir sus objetivos: sedes, derechos de televisión, respaldos políticos.

Pero todo eso pasará a segundo plano esta tarde cuando, en la cancha de La Serena, don Lionel Messi reciba un balón complicado en la banda derecha, se saque a tres paraguayos de encima, pique en diagonal hacia el área, eluda a dos defensas más y le haga un sombrero al arquero guaraní. En ese punto sí, el papa Francisco y yo estaremos hinchando del mismo lado.

pcuvi@elcomercio.org