León Roldós

¿Hay mesianismo democrático?

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La pregunta es de un lector. La respuesta es no, imposible.
Trasladando la expresión de “mesías” o “ungido” a lo político, se aplica a quien teniendo condiciones de líder, por su carisma y fuerte poder de comunicación, asume que su proyecto político debe imponerse y, para ese efecto, en la coyuntura es irreemplazable.

Su discurso para alcanzar el apoyo de las masas está en su fuerza de denuncia, siempre sindicando a “responsables” de las desgracias anteriores y de las que aparezcan en el camino, con la habilidad casi mágica de que no importa qué tiempo concentra el poder. Los de los entornos del poder son como piezas reciclables, sobre los que deben caer todos las “culpas”, de ser el caso que se establezcan responsabilidades.

En la génesis de su acceso al poder, la adhesión de las masas es evidente. Usualmente la siguen teniendo, aun cuando no siempre es “limpio a limpio”, porque en la convicción de que no es admisible otro proyecto político, al controlar todos los espacios de poder, las reglas del juego, la permisibilidad a su favor de las autoridades electorales, y las trabas a los opositores, todo termina siendo funcional.

La violencia verbal se traslada a otras formas de agresión, en un marco global de “cero tolerancia” para la contradicción, que no necesariamente se aplica a la corrupción, porque si esta no fue de su conocimiento oportuno, a veces aun con desagrado se la encubre, para no darle la razón a los opositores.

Las leyes, los jueces y la justicia, más que ajustarse a principios jurídicos, deben estar al servicio del proyecto político.
En los escenarios universales, los mesianismos han intentado tener una imagen ideológica como su razón de ser. También han perseguido a los que tachan de enemigos a los que se debe aplastar.

Los casos de Adolfo Hitler -el nazismo, contracción de la palabra compuesta “nationalsozialismus” (nacional socialismo)- y Benito Mussolini –el fascismo- que el siglo XX, junto al Japón, llevaron a la Segunda Guerra Mundial, lo evidencian.

En otros escenarios, han surgido líderes como Juan Domingo Perón en Argentina, de tinte fascista-nacionalista, que en su último gobierno –años setenta del siglo XX- amalgamó a militantes de todos los espectros, desde los fascistas intolerantes hasta los “montoneros” radicales de izquierda, caos que precipitó la dictadura militar fascista y criminal que dominó ese país desde 1976 hasta 1983.

¿Hay mesiánicos que dejan el poder? Hay quienes arreglan sucesiones, otros se resisten y en estos casos –ojalá nunca se repitan- los escenarios siguientes han sido de violencia, represión y muerte.

Quienes se retiran del poder en democracia, deben tener la convicción que pueden caminar libremente en calles y plazas de su patria y del mundo.

lroldos@elcomercio.org