Lolo Echeverría Echeverría

La mentira en política

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Una de las empresas de medición de la opinión pública del Ecuador ha publicado en las redes sociales que el nivel de credibilidad del Presidente ha bajado hasta 28%. No es sorprendente si se considera el tiempo que está en el poder, el estilo de gobierno y, sobre todo, el abuso de la publicidad en la comunicación oficial.

Tampoco es exclusivo de Ecuador el problema de credibilidad en las figuras políticas; desde hace tiempo está devaluada la verdad oficial y si consideramos el socialismo del siglo XXI, el problema alcanza niveles de tragedia.

El socialismo del siglo XXI es una bola de mentiras que rueda cuesta abajo. Desde que Hugo Chávez apareció con un discurso político que era un torbellino de palabras; un revoltijo de verdades y mentiras, ilusiones y alusiones, insultos y amenazas, ofertas y groserías; desde que se advirtió que este discurso era eficaz y congruente con modelos autoritarios; fue reproducido por todos los populismos de la región que convirtieron sus sistemas de comunicación en departamentos de publicidad.

El socialismo del siglo XXI se especializó en el ocultamiento de la verdad con cláusulas confidenciales y acuerdos secretos, denunciando con porfiada constancia golpes de Estado, tentativas de magnicidio, complots internacionales, sin presentar nunca la más mínima prueba. Perfeccionó la mentira maquillando cifras, cambiando las normas de medición, inventando la realidad y desacreditando a los disidentes.

Ahora que la franquicia chavista se viene abajo en todos los países, las mayorías ciudadanas -que han perdido la fe en el discurso populista- tienen por delante la compleja tarea de sepultar la mentira política y recuperar la verdad. No es tarea fácil porque la verdad como palabra es frágil, siempre puede ser atacada por el mentiroso, más aún cuando la falsedad viene organizada desde foros multinacionales.

Los hombres de bien se han preguntado siempre en dónde reside la fragilidad de la verdad, por qué el engaño parece fácil y tentador. Hannah Arendt nos da las claves en un libro recién reeditado, Crisis de la República: “Las mentiras resultan a menudo más plausibles, mucho más atractivas a la razón que la realidad misma, dado que el mentiroso tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír”.

Lo que no podrá el mentiroso es imponer la mentira como principio, dice Arendt, porque no existen sucedáneos para la realidad y el mentiroso no podrá nunca ocultar la inmensidad de lo fáctico.

Los experimentos totalitarios utilizaron muchos recursos exitosos, pero el engaño permanente no figura entre sus logros. Siempre se llega a un punto en el cual la gente para sobrevivir tiene que marcar la línea divisoria entre la verdad y la mentira.

lecheverria@elcomercio.org