Patricio Quevedo

¡Memoria y olvido!

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13 de June de 2012 00:03

Angustiado al contemplar cómo en solo una semana se habían registrado tantas “irregularidades” denunciadas e incompletamente investigadas. Por ejemplo: la importación de chalecos para los motociclistas; las incoherencias en el caso del coronel Carlos Carrión, ex director del Hospital de la Policía; las contradicciones en cuanto a los ‘avisos’ de avionetas clandestinas; el propio misterio acerca del funcionamiento de los radares comprados a los chinos; la importación de maíz extranjero cuando ya entraba la cosecha del maíz nacional y se arruinaban los precios para nuestros productores, mientras que no se ofrece una explicación completa en torno del calamitoso ‘affaire’ de la valija diplomática que llevó drogas hasta Milán– un joven e inteligente analista de la realidad, dijo con desaliento: “Ahora solo falta que en este despojo colectivo, se intente robarnos hasta nuestra historia”.

Ya se han dado los primeros pasos en este condenable camino: de allí la abundancia de fabulillas pueriles, de leyendas carentes de todo fundamento, de mitos que no resisten el más superficial de los exámenes. Por eso que nunca haya sido más necesario y vital que ahora, el trabajo abnegadísimo de los custodios de documentos históricos, de su clasificación y de su preservación, antes de que el país pierda el rumbo de su evolución y acabe cayendo en una suerte de olvido general, una amnesia indiscriminada y la trágica condenación a repetir los mismos errores y funestos nombres.

Por lamentable coincidencia, las semanas y los meses más próximos se han sufrido dos penosísimas bajas entre los guardianes del patrimonio nacional de fondo. Una fue la señora Grecia Vasco de Escudero, la directora del Archivo Nacional de Historia y, algo más alejada en el tiempo, el fallecimiento del padre jesuita Julián Bravo Michelena, responsable durante más de 30 años del Archivo-Biblioteca “Aurelio Espinosa Pólit”, de Cotocollao.

Los dos luctuosos eventos han estado rodeados del más impenetrable silencio. Apenas si Édgar Freire Rubio –el erudito librero– remitió la primera semana de junio una carta a la Dirección de EL COMERCIO, en la cual afirmaba: “Grecia Vasco ha fallecido. Un silencio total. Debe ser por ignorancia o desconocimiento de la labor que por muchos años ejecutó esta ‘trabajadora de la cultura’ como dicen hoy los nuevos revolucionarios. Y el mutis por el foro de la recordación la atribuyó Freire Rubio a ingratitud o desinterés.

El caso de Julián Bravo es aún más clamoroso. Su innata modestia era bien conocida, pero Bravo era de hecho uno de los más enterados historiadores del país y biógrafo además de varios de los personajes más valiosos de la época, así como promotor de la investigación y ejecutor de la guía talentosa y eficaz para quienes buscan desentrañar con verdad, el fondo de las dramáticas peripecias y los procesos de la vida nacional.