Antonio Rodríguez Vicéns

La memoria amenazada

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El estado -en realidad, la burocracia política que controla su estructura administrativa- no tiene derecho a imponer a la sociedad -individuos y grupos- una ‘verdad’ oficial sobre los acontecimientos del pasado. En un corto ensayo, ‘Los abusos de la memoria’, Tzvetan Todorov reflexiona sobre este tema. Afirma que los regímenes totalitarios del siglo XX “han revelado la existencia de un peligro antes insospechado: la supresión de la memoria”. En efecto, tras comprender que la conquista de los hombres “pasaba por la conquista de la información y la comunicación”, que conciben como una prioridad, “han sistematizado su apropiación de la memoria y han aspirado a controlarla hasta en sus más recónditos rincones”.

Los regímenes totalitarios han pretendido, consiguiéndolo parcial y transitoriamente, suprimir la verdad de los hechos del pasado o reconstruir mediante una propaganda maniquea y falaz, distorsionante, una nueva ‘realidad’. Han tratado de imponer, para borrar sus culpas o justificar la represión, una ‘verdad’ oficial al servicio de sus inconfesados y vergonzantes intereses. Los ejemplos históricos sobran. “Las huellas de lo que ha existido -denuncia Todorov en su ensayo- son o bien suprimidas, o bien manipuladas, o bien maquilladas y transformadas; las mentiras y las invenciones ocupan el lugar de la realidad; se prohíbe la búsqueda y la difusión de la verdad; cualquier medio es bueno para lograr ese objetivo”.

Todorov critica con énfasis esa actitud: es contraria a la vida democrática. Niega al estado y sus instituciones la pretensión de imponer una ‘verdad’ oficial sobre los acontecimientos del pasado. Nadie nos debería impedir la búsqueda personal de la verdad. “Ninguna institución superior, dentro del Estado, debería poder decir: usted no tiene derecho a buscar por sí mismo la verdad de los hechos, aquellos que no acepten la versión oficial del pasado serán castigados. Es algo sustancial a la propia definición de la vida en democracia: los individuos y los grupos tienen el derecho de saber; y por tanto de conocer y dar a conocer su propia historia; no corresponde al poder central prohibírselo o permitírselo”.

Todos quienes han vivido un hecho histórico pueden y deben dar testimonio libremente sobre él. “Cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar”. Los sistemas autoritarios, que construyen su ‘verdad’ oficial sobre la mentira, asocian toda reminiscencia, como expresión de la libertad personal, con “la resistencia totalitaria”. La reconstrucción del pasado, insiste Todorov, es “percibida como un acto de oposición al poder”. No en vano, a modo de epígrafe, cita una frase de Jacques Le Goff: “Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento”.

arodriguez@elcomercio.org