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10 de June de 2011 00:11

Uno de los calificativos favoritos del poder en contra de los medios, los periodistas y los disidentes es el de mediocre que significa, en el uso corriente, persona de poca inteligencia o poco valor. Una breve reflexión sobre la mediocridad nos obliga a pensar que el uso de este término en contra de los disidentes, de los que no están de acuerdo, es un sarcasmo.

En su origen griego, “mediocridad” o término medio era la medida de la virtud. La valentía, por ejemplo, estaba a medio camino entre la cobardía y la temeridad. Sócrates propuso la “aurea mediocritas” (dorado término medio) como un modelo de vida. El cristianismo, inspirador de valores trascendentes, rechazó la “aurea mediocritas” y promovió el camino a la perfección con tanto celo que puso en boca de Dios la sentencia apocalíptica: “Porque no eres ni frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca” (Ap. 3:15).

En 1913, el médico argentino José Ingenieros se hizo famoso con su libro “El hombre mediocre” en el que establece el contraste entre la mediocridad y el idealismo. El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, dice Ingenieros, sino que cultiva el armazón de los prejuicios y dogmas y los defiende de la asechanza de los “inadaptables”, como les llama a los idealistas. Inspirado en Ingenieros, José Ortega y Gasset estudió el fenómeno de las aglomeraciones. En “La rebelión de las masas” caracteriza al hombre-masa como ignorante y satisfecho de sí mismo, ansioso por imponer su mal gusto a los demás.

Los jóvenes españoles han iniciado una nueva rebelión contra el hombre-masa, contra el hombre mediocre. Como lo hicieran en mayo del 68 los jóvenes franceses, iluminados por Herbert Marcuse y “El hombre unidimensional”, ahora, los españoles se inspiran en Stéphan Hessel y su “Indignez-vous”. Los “indignados” se rebelan, según Jordi Soler, contra una época que tiene afán de hacer y decir lo que cuente con el consenso de la mayoría. “Militar con discreción en la masa que, por su volumen, no puede estar equivocada”. La protesta es una invitación a disentir, a cuestionar y a reflexionar; a escapar del pensamiento único, de la abulia, de la vigilancia.

También a nosotros se nos quiere empacar en la mediocridad, en lo políticamente correcto. Los disidentes son investigados por el SRI, el IESS, los medios públicos y presionados para volver al rebaño. Los gobiernos de tendencia populista no toleran los cuestionamientos, fabrican hombres-masa, adulan al hombre mediocre, al aborregado, al crédulo. El calificativo de mediocre no le calza al que disiente, al indignado; se trata de un sarcasmo. Los “indignados, dice Soler, son los primeros destellos del porvenir. Para nosotros, ese destello es la mitad de los electores, que, indignados, dijeron NO en la consulta popular.