Monseñor Julio Parrilla

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jparrilla@elcomercio.org

El diálogo, tanto como cualquier otro valor democrático, necesita de un talante ético fundamental. Y en estos momentos, en el Ecuador, hay que propiciar un intenso diálogo entre distintas realidades sociales y proyectos políticos, entre lo público y lo privado, entre el Gobierno y la Iglesia. Siento que es importante recrear constantemente los espacios de la libertad, del encuentro, del respeto a la diferencia,… a fin de ofrecer a nuestro pueblo lo mejor, es decir, caminos de justicia, inclusión, convivencia y solidaridad.

Vivimos tan deprisa, tan en el vértigo de lo inmediato que los árboles no nos dejan ver el bosque. Más allá de enmiendas o consultas, en medio de la fragilidad de las instituciones y de los intereses de los partidos, está el presente y el futuro de la patria, de este pueblo nuestro tantas veces dolorido y desesperanzado, al borde de un fatalismo que no augura nada bueno.

Yo creo que en medio de nuestros líos, la Iglesia tiene algo que decir, iluminar y cuestionar. Por eso me duele que el diálogo Iglesia–Gobierno ande a la deriva… Los temas están ahí, sobre el tapete, y necesitan del concurso, de la inteligencia y del corazón de todos: derecho a la vida, defensa de la familia, educación confesional, pobrezas antiguas y nuevas, inclusión y solidaridad, ética política, ecología y defensa del medioambiente,…

Da la sensación de que, en medio de la refriega política, se parasen nuestros relojes (la Iglesia sabe esperar), pero la vida no se para. Y, mal que le pese a algunos laicistas trasnochados, la Iglesia vive y se fortalece, silenciosa y eficaz: en la trinchera de la vida diaria, en la escuela fiscomisional, al pie de los enfermos y de los ancianos, fiel a la pastoral indígena, en los mil proyectos de movilidad humana, de promoción de la mujer, comprometida en el desarrollo de una economía social y solidaria, en las universidades confesionales, en los santuarios que convocan a decenas de miles de peregrinos, en las pequeñas y humildes capillas que jalonan cada pueblo, cada barrio, allí donde los caminos se vuelven culebreros y parece que ya no llevan a ninguna parte,… Allí, en lo políticamente insignificante, está el cura, la monja, el catequista, el voluntario de Cáritas, el agente de pastoral, el pequeño acólito…

Ignorar todas estas cosas es ignorar demasiado. Es vivir de espaldas a la realidad, al latido de un pueblo cuyos pasos y latidos están acompañados por la fe. La Iglesia y el Estado no pueden ocupar la misma silla, pero pueden sentarse en la misma mesa. No pueden confundir sus competencias, pero pueden colaborar y trabajar juntos por un mundo mejor. El diálogo no sólo puede ser posible, sino fácil y complementario. La ética laica y la ética cristiana pueden y deben encontrarse aquí, en el amor a la justicia y a la libertad, en la pasión por servir a los pequeños del mundo. Eso reivindico. Humildemente.