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ovela@elcomercio.org

Hace ocho años, muchos pensamos que el país debía cambiar el rumbo de forma drástica para enfilar hacia un destino cierto de igualdad, justicia social, desarrollo humano y libertad.

El Ecuador del último lustro del siglo XX y el primero del XXI había sido en realidad un remedo de nación con resquicios feudales, folclorismo, populismo, confiscaciones, inestabilidad y desgobiernos. Al final, nos colmaron la paciencia.

Hoy vemos con preocupación que aquel destino loable se nos extravió por completo y nos desviamos peligrosamente por un cauce turbulento en el que seguimos a ciegas a un grupo de neomarxistas delirantes (chavistas y orteguistas), que a su vez perseguían a otro grupo de revolucionarios pedigüeños que encallaron hace rato en aguas del Caribe, y a estas alturas ya levantaron las manos pidiendo ser rescatados.

Este mea culpa tardío no tiene que ver solamente con los nuevos proyectos de ley que se cuecen en el Legislativo, que no son sino los estragos finales del chuchaqui que nos produjo la reciente orgía económica y política, sino con un principio básico de convivencia humana: el respeto por los derechos de los demás.

La nueva Ley de Herencia no me afecta en lo personal, pues llegado el momento heredaré quizás unos cuantos libros que, de terminar en manos ajenas, ayudarán a alguien a salir de su ignorancia. Pero no se trata, como repiten algunos pregoneros, de que ‘las nuevas leyes solo afectan a los ricos’, de que ‘los pobres no pagarán nunca el Impuesto a la Herencia’. Se trata de no afectar a nadie en su patrimonio personal (en su derecho legítimo de propiedad) cuando este se ha conseguido de forma lícita, pagando impuestos y sueldos justos, ofreciendo trabajo a los demás y contribuyendo así con el país.

Se trata de dar a las personas un mensaje de confianza en su capacidad para salir adelante con base en el sacrificio y el trabajo, alertándole que sus oportunidades serán aún mayores si es que terminan sus estudios y obtienen un título. Se trata de enseñar a nuestros hijos que la prosperidad se alcanza con el sudor de la frente, con inteligencia, dedicación y solidaridad, pero no regalando limosnas sino ofreciendo oportunidades.

Para distribuir riqueza es necesario multiplicar los actores productivos, no restarlos. Esa distribución se hace efectiva a través de los impuestos, salarios justos (que en estos ocho años han alcanzado un nivel digno ciertamente) y utilidades (si es que no se hubiera puesto un techo injusto al 15%, por ejemplo).
 
No se trata de satanizar el pasado sino de construir el presente proyectándonos hacia un futuro de bienestar social. En nuestro destino común no estaban las restricciones, la intolerancia, la confrontación ni la escisión; sí estaban el progreso y la paz, la justicia, la igualdad de derechos y oportunidades con libertad.

No se trata de botar a nadie. Se trata de reflexionar, enmendar cuando sea necesario, hacer todos un mea culpa, enderezar el rumbo y votar cuando corresponda.