Manuel Terán

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16 de November de 2011 00:02

Con ocasión de la crisis mundial se escuchan una serie de opiniones, muchas tendientes a englobar la situación como si se tratase de una sola. Al hablar de la crisis europea habría que realizar diferenciaciones para identificar las razones para su desencadenamiento. Un grupo de países de las riberas del Mediterráneo ha hecho lo que por décadas era la norma en América Latina: gastar sin sustento, hasta provocar unos déficits fiscales de tal envergadura que terminaban arrasando las economías. Por supuesto, la población acostumbrada a un ritmo de vida y bienestar artificioso al llegar el ajuste protesta y se indigna, deviniendo en crisis políticas que ya provocan la caída de dos gobiernos, sin contar aún con lo que pase el 20 de noviembre en España. Más al norte la indignación es de otra naturaleza. Es la de ciudadanos de un país que, manejándose con austeridad, han construido la economía más sólida de Europa y una de las cinco más grandes del mundo, que por el riesgo de verse afectada por el dispendio de los otros países ha debido acudir en ayuda de sus socios comunitarios, entregando ingentes sumas para evitar la debacle.

Pese a que debió enfrentar el reto de la reunificación, que significó destinar una gran cantidad de recursos, para recuperar a Alemania del Este de la herencia nefasta que dejó décadas de economía planificada, la mayor potencia europea supo reordenar su economía y aunque a tasas no espectaculares había crecimiento, su sector de exportación y tecnología se expandió hasta alcanzar un lugar preponderante en la economía mundial. Hicieron las cosas en forma correcta. Lo que no pudieron prever es el desorden en socios y vecinos. Alemania corre con los efectos de una crisis que no es su responsabilidad.

Por acá se dice que los países latinoamericanos, en cambio, aprendieron las lecciones del pasado. Si se mira con cuidado parecería que la conclusión es totalmente la contraria, al menos en un determinado grupo de países que persisten en un desenfrenado ritmo de gasto. Siguen derrochando, ayudados por una coyuntura internacional y elevados precios de sus materias primas en el mercado mundial . A muchos aún les alcanza para mantener altas reservas, pero poco o nada han hecho para reforzar su estructura productiva, y fundir las bases para un crecimiento armónico cuando acaben los buenos tiempos.

Nadie aprende de la experiencia ajena. Hoy miramos absortos como naciones desarrolladas se estremecen por los estragos de pésimas gestiones de gobierno, que no supieron conducir a sus pueblos por un camino ordenado y austero. Arrogantes, mirando como problemas de otros, algunos países latinoamericanos siguen despilfarrando una riqueza irrecuperable, pensando que jamás les tocará y que la bonanza durará eternamente. Veremos cómo será el despertar del sueño.