Enfoque internacional

Las máscaras chavistas caen

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El Nacional de Venezuela

Después de lograr venderse por América Latina, Europa y el resto del mundo como un movimiento revolucionario que renovaría a la alicaída izquierda de viejo cuño y luego de inventar la engañifa del socialismo del siglo XXI, el chavismo ha venido desprestigiándose a marcha acelerada hasta terminar hoy convertido en una suerte de peste peligrosísima de la que muchos se alejan por temor al contagio.

La Venezuela desesperanzada que creyó a fe ciega en un militar de escasa formación, no solo castrense sino como líder político capaz de asumir el reto de sacar a Venezuela adelante y despejar ese futuro incierto que reinaba en el país, hoy lamenta haber sido engañada por un hábil comandante especializado en el arte de la demagogia.

Tuvo la suerte de contar con una inesperada bonanza petrolera, como todo aquel que no habiendo tenido nada en la vida de pronto recibe una herencia multimillonaria jamás imaginada.

Algunos especialistas dicen que estas mágicas bonanzas alteran el buen sentido y tuercen las mejores intenciones. Sea esto cierto o no, hoy los venezolanos miramos por el retrovisor de la historia y vemos cómo estos últimos 16 años de mando bolivariano han sido todo lo que uno pueda imaginarse menos un buen gobierno. Ni siquiera una dictadura sino una sucesión de actos irracionales, improvisaciones y planes disparatados como el famoso Gasoducto del Sur, los grandes ferrocarriles desde los Valles del Tuy hasta los Llanos y desde el Orinoco hasta Puerto Nutrias.

Los gallineros verticales, los cultivos oligopónicos (oligofrénicos dicen algunos), la ruta de las empanadas, el Ministerio de la Felicidad Absoluta. Los planes de la nación parecían elaborados en el mostrador de un botiquín un sábado en la noche, no porque reinara la embriaguez o se acostumbraran las riñas y las guapetonerías, sino porque cualquier idea seria o iniciativa sensata (que las hubo y no hay por qué negarlas) terminaba convertida en una ensalada de iniciativas a cada cual más inconexa con la idea central propuesta al principio.

En la misma medida en que a esa ensalada se le agregaban nuevos ingredientes, en esa misma medida se volvía no solo más costosa sino incomible. A la sombra de ese descontrol generalizado, promovido por el jefe del Estado a sabiendas de que todos esos planes no eran más una molienda de disparates, los más sensatos se apartaban del camino o se dedicaban a llenar sus bolsillos en vista de que el nuevo gobierno sacrificaba el control de las cuentas en función de la rapidez de construir y entrar en funcionamiento que exigía el propio comandante.

En eso de saltarse a la torera las normas y principios de la Contraloría, tan necesarios no solo para evitar la opacidad del gasto sino para la necesaria rendición de cuentas, los chavistas se convirtieron en los campeones olímpicos de la corrupción.
A esta peste no escaparon civiles y militares ‘revolucionarios’. Apropiarse de los dineros públicos se convirtió en un deporte nacional.