Óscar Vela Descalzo

¿La masa o el libre pensamiento?

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Uno de los postulados esenciales de las personas exitosas (no me refiero solo al aspecto económico, sino a los distintos órdenes de la vida en que se puede ser exitoso), consiste en rodearse de gente que sea capaz de aportar ideas, experiencias, capacidades y razonamientos en beneficio de una causa común o de un proyecto en particular.

Por el contrario, quienes forman parte de las masas irreflexivas y obsecuentes se someten a voluntades ajenas, y se convierten fácilmente en instrumentos dúctiles de los que sólo aprecian en ellos la ignorancia y el servilismo indispensables para alcanzar sus objetivos personales. Una de las mentes más lúcidas de la actualidad y de las más polémicas es la del biólogo, científico y ensayista de origen británico Richard Dawkins (Nairobi, 1941).

La lectura de sus obras puede convertirse en una extraordinaria aventura de aprendizaje (estando incluso en contra de sus teorías), o en un tortuoso descenso hacia el odio más enconado, dependiendo del mayor o menor grado de apertura o de apretura del lector hacia el conocimiento.

Uno de sus temas centrales y más controvertidos es el de las religiones y su cuestionamiento a la existencia de Dios.

Sus ideas se fundamentan especialmente en la teoría de la evolución de las especies de Darwin, y como contrapunto a estas, sostiene que las creencias en las que se sustentan las distintas religiones no han sido demostradas de ninguna forma.

Para crear polémica y discusión al respecto dice por ejemplo: “El mundo sería un lugar mejor si no existieran las religiones”.
En las redes sociales y en distintos espacios de opinión, las personas descargan su furia contra Dawkins argumentando en unos casos e insultándolo en otros.

A los primeros los escucha, y a los segundos los ignora, pues lo que él provoca precisamente es que la gente sea capaz de discutir y razonar sus argumentaciones sin dejarse llevar por el adoctrinamiento repetitivo de las masas.

Recientemente en una entrevista cuestionó la educación que se da a los niños inculcándoles la credulidad en hadas mágicas y cuentos de hadas.

Dijo entonces: “Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa”. Alguien por ahí seguramente ya le habrá respondido que, quizá la realidad no ha resultado tan hermosa, pues existe la ficción para modificarla…

En todo caso, los librepensadores siempre estarán encantados con Dawkins o cualquier otro que provoque su reflexión.

La masa, en cambio, no los estudiará jamás, pero los condenará levantando la mano entre miles de manos, o aplaudirá rabiosa ante la hoguera erigida con sus libros o, simplemente, bajará el pulgar entre miles de pulgares a la hora de asesinar sus ideas.

ovela@elcomercio.org