Aura Lucía Mera

Para Martha

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Columnista invitada

Mujer valiente. Madre Coraje.Amiga.

Hace unos meses, en Quito, acompañé a Marta en las honras fúnebres de su hermana. Le prometí que le enviaría un artículo que había escrito, para un periódico de Colombia sobre la muerte de seres queridos. Se me pasaron los días y jamás lo hice. Recordé mi promesa hace unos días, cuando la tristeza infinita golpea de nuevo, con la pérdida de otra amiga del alma.

Envío unos apartes...porque el dolor no tiene fronteras y quiero compartirlo.
“-...Le trataba de explicar a una de mis hijas cómo es el dolor que se siente cuando se muere un amigo de infancia. Alguien que le pertenece al corazón desde las épocas del colegio. Con quien hemos compartido adolescencia, juegos, ilusiones y recorrido gran parte del camino que se llama vida.

Nunca pensé que me llegaría esta etapa de la vida. Hasta cierta edad los papás eran inmortales. No se concebía la vida sin ellos. Además los hijos también éramos inmortales. Se vivía en un eterno presente.

El Ángel de la guarda nos cuidaba por las noches y al día siguiente había colegio: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y llegaban sábado y domingo y con ellos la felicidad absoluta. Los abuelos se morían, pero los abuelos eran personas con arrugas, manchas en las manos, que caminaban lento. Los papás se ponían tristes, pero no sabíamos muy bien por qué.

Luego nos casamos. Ilusiones y promesas. Llegaban los bebés .Los veíamos gatear, reír a carcajadas, y cuando se enfermaban, el médico siempre los curaba...Fueron pasando, los años. Muchos de los príncipes azules y princesas no logramos seguir juntos. Separaciones y empezar a entender que la vida no es un juego.

Fuimos aterrizando en terrenos pedregosos, dolores, soledades, miedos. Pero los amigos estábamos amarrados con nudos marineros y así todo era menos difícil. Con ellos siempre había espacio para las confidencias, el llanto, las carcajadas y esa certeza única de que la soledad no existe mientras exista la amistad.

Llega el momento crítico de despedir a los papás. Un hachazo nos rompe para siempre. Ya somos mayores. Los hijos crecieron y ahora nosotros somos los abuelos. Y de pronto aparece lo inesperado, aquello para lo cual nadie nos había preparado. Los amigos y amigas empiezan a marcharse hacia el absurdo silencio eterno.

Trato de explicarle a mi hija. No sé si me entienda. Es un dolor que no se asemeja a ninguno. Es como si de repente al alma le abrieran huecos con un cuchillo afilado. Huecos hondos, perfectos y profundos. Como, los del queso gruyere. Tengo ya varios huecos de esos en mi alma, casi que puedo pasar mis dedos entre ellos. Los dedos del alma, esos que no se ven pero que existen. Hurgan. Escarban. Sienten ese vacío redondo, afilado, donde quedo un espacio que no se llenara jamás.

El hueco-gruyere rompe todos los esquemas. Los amigos no se deberían morir jamás, porque rompen la cadena atada con nudos marineros. ¡Y esa tristeza no se va