Grace Jaramillo

Marketing exterior

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gjaramillo@elcomercio.org

Empecé a escribir este artículo a principios de la semana. Mi idea era reflexionar sobre las huellas que dejó el canciller Patiño en su paso por la Cancillería. Es verdad, no se ha ido del todo. Está de vacaciones.

Pero después de su papel en las protestas del 13 de agosto como líder de las contramarchas, y la revocatoria de la visa a una académica dedicada al estudio del Ecuador por más de ocho años como Manuela Picq, mientras predica la ciudadanía universal y se vanagloria de la “convicción y el compromiso de respetar y hacer respetar los derechos humanos” hablando del caso Assange, se necesitaría poca sangre en la cara para volver. ¿Cómo exigir respeto a nuestros migrantes en Francia -para citar un ejemplo- si se trata así a una inmigrante suya?

La diplomacia significa capacidad de establecer relaciones de paz y buena voluntad entre países. Actitudes confrontacionales no forman parte de la descripción del cargo. No obstante, no me sorprendería que regrese y tampoco me molestaría, pues cada vez que uno critica a un canciller de la revolución ciudadana, el sustituto es peor. Así que me quedo con este, pues como van las cosas, es posible que haga menos daño al país como canciller que como ministro de la Política.

Después de todo, es el canciller más exitoso que ha tenido la revolución ciudadana en general y Rafael Correa en particular. Aparte de durar cuatro años, ha avanzado dos obsesiones presidenciales: consolidar la imagen de Rafael Correa y su revolución en el exterior, y acabar con lo que ellos denominan el sistema imperialista de derechos humanos representado por la CIDH y otros órganos hemisféricos.

Pero hacer marketing exterior del Presidente o su revolución no es lo mismo que hacer política exterior. Atrás quedaron los días en los cuales el Canciller era el representante máximo del Estado ecuatoriano y no solamente del Presidente de turno. Eso dice mucho de cómo hemos pasado de Banana Republic a No Republic, como preclaramente anunció el Presidente en su libro.

Las pruebas pasaron ante nuestros ojos esta semana. El Reino Unido envió una nota pública de protesta porque –y cito- “es inaceptable que los contribuyentes británicos tengan que pagar por su abuso de las relaciones diplomáticas”. Recibir una nota así es una de las peores humillaciones que pueda recibir un país.

Significa que su diplomacia fracasó y la contraparte no tuvo otra opción que hacerlo público. Y es que en este punto, el juego es claro para todos, tener un caso emblemático que sirva de cortina de humo, a cambio de su ayuda a Assange. Parece que lo último que le preocupa al canciller Patiño es atraer inversiones o ayuda a la puesta en marcha del tratado con la Unión Europea.

Después de este golpe al buen nombre del país, la inoportuna asistencia del Presidente a la posesión presidencial en Surinam, o la humillación de tener que pedir a la Alba que emita un comunicado respaldando a un gobierno en aprietos son apenas unas manchas más al tigre.