María Cárdenas R.

Te amaré...

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El amor puede, sin duda, ser insignificante cuando sobre él se canta a gritos disonantes entre sonrisas forzadas, como parte de otras grandes mentiras, cuando el poder se sube a la cabeza y nubla toda inteligencia, sea esta emocional o cerebral. Mucho peor si se canta al amor entre caros licores y para un exclusivo grupo, cuando el país - se decía- ya era de todos y todas.

Así como los militares, desde el primer día, juraron ser leales a la patria y no a las personas, aunque sí a defenderlas ante ataques inconcebibles y defenderse cuidando de la mayoría, los políticos le juran servicio al pueblo el día que se posesionan. Y deberían cantarle con inmensa seriedad: te amaré, te amaré patria, te amaré pueblo, te amaré con la verdad, aceptaré mis errores y los corregiré, amaré la honestidad en la dedicación a ti: el pueblo que nos eligió.

Es fácil errar cuando se está imbuido en el amor por sí mismo, envuelto en un ego incontrolable y mirándose a un espejo mentiroso, que le jura amor eterno cegándole ante errores y falacias, colmándolo de convicciones que ya ni se viven ni se sienten por lo cual ya son menos, muchos menos; por un despilfarro del cual no hay vergüenza, usando a todo personaje popular, adulándolos con la fuerza que debería dar al país que lo vio nacer y a su gente, aquella que con esperanza le dio su confianza y le entregó sus sueños y necesidades, léase un regalo de salud, educación, trabajo seguro, jubilación y respeto. Todos regalos obligatorios de un gobierno a su pueblo en el cuidado de su economía, de las obras a realizarse en orden de necesidad e importancia, no como alimento de un ego al reflejarse en ventanales inmensos y, por demás lujosos, para la realidad. De tal manera, que el canto disonante va así: Me amaré, me amaré…

Qué irrespeto y burla a la inteligencia de un pueblo que vive en carne propia “el bache” producido por culpa de otros, sumados a fantasmas, ya que en realidad, parece que no existe, sobre todo en las propagandas que ya nadie cree. Qué burla rodearse, en un cuarto privado, y cantar en coro, te amaré, desentonando con la realidad del pueblo al que juró amor.

Mientras todos y todas luchan, sufren y se deprimen; otros -unos pocos- y otras, entre sedas amarillas, se dan un banquete y chillan una canción que era poesía. Poesía de amor, de lealtad, de honorabilidad y de respeto.

Deberían ser el pueblo, los militares, los jubilados, los nuevos desempleados, los jóvenes sin futuro visible, los padres y madres que no saben cómo mantendrán a sus hijos, quienes reciban el concierto porque son los mandantes. Y tomo las palabras de la hermosa canción, que dice: Con la paz de las montañas te amaré, con locura y equilibrio te amaré…

Pero se estancó el amor y olvidó su promesa de servicio; se tornó en un riesgo de autoamor insaciable y desvergonzado que insulta y agrede a quien se debe: el pueblo. Con desamor olvida su futuro, sus esperanzas, sus sueños. Y el ‘te amaré’, ¡al tarro de basura!