Gonzalo Ruiz

Las marchas dan qué pensar

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Una parte de la historia de siempre se repitió. Los organizadores de la protesta creen que fue un éxito. El Gobierno de turno habla de fracaso.

La memoria histórica que recogen los diarios -a saber, al menos, desde el retorno a los gobiernos civiles- siempre mostraba la doble foto. Cada parte en la contienda social cantaba su propia victoria y más allá estaban los ciudadanos, perplejos e inocentes, sin atinar a descifrar el entredicho.

Esta vez, la marcha tuvo muchos ganadores y un solo y gran perdedor: el Régimen.

Solo la miopía o la embriaguez que se fermenta en las destilerías del poder vio un puñado insignificante de gente. Solo los drones que sobrevolaron las marchas deben tener los datos con más precisión. El poder lo sabe con más certeza que el común de los mortales. Jamás lo dirá, pero las cuentas se empiezan a sumar y restar.

Es importante señalar que los meses de preparación de los sectores sociales, populares, sindicales y de las organizaciones indígenas, que convocaron a la protesta pacífica, supieron capitalizar la suma de descontentos que ha ido acumulando el Régimen en estos largos 8 años de ejercicio del poder reconcentrado.

A la marcha se sumaron muchos ciudadanos que no responden orgánicamente a grupo alguno y que también volcaron en la calle su malestar por temas diversos: libertad de expresión, concentración de poder, reelecciones consecutivas e intento de pasar una más por la vía de enmiendas constitucionales, rechazo a la presión y las sanciones al caricaturista Bonil.

También está el caso de los Yasunidos frustrados por no poder caminar con su consulta para preservar el Parque Nacional Yasuní sin explotación petrolera y el bloqueo del Régimen a una iniciativa que antes fue su pendón de batalla y con ella aglutinó una importante corriente de la sociedad.

El momento es distinto y todos los saben, el ‘puñado’ de asistentes a la marcha y los millones de seguidores de Correa que esta vez se quedaron en casa y sin sánduche.

Hizo bien el Régimen en no desplegar una inflada muestra de apoyo que, en las últimas ocasione,s no arrojó ningún resultado y más vale desnudó el clientelismo y el temor a la protesta ciudadana. Al menos no confrontó sin sentido alguno.

Ahora los números favorables en los 8 años en el poder han cambiado. El crecimiento exagerado del Presupuesto, la obra pública importante pero costosa, los subsidios millonarios que nunca se quisieron repensar o dirigir solo a los más pobres (¿a cuántos nos regalan la bombona de gas sin razón?), han sido años de propaganda arrogante. La maquinaria controladora de los contenidos de los medios se desgasta en la hoguera que deja cenizas de la bonanza petrolera. Las salvaguardias acaban con la dinamización de la economía y la burocracia que creció sin límite. Mucha gente descubre la contradicción del doble discurso.

La gran mayoría de los que marcharon el 19 de marzo votó alguna vez por Correa. Ellos no volverán a votar jamás por él.