Marco Arauz

La marcha y los miopes

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El concejal de Quito Mario Guayasamín (AP) aceptó que cometió un error al permitir que dos camionetas del canal de televisión en el que tiene un programa se estacionaran este viernes junto a las escalinatas de la Catedral, en plena Plaza Grande. Sin embargo, objetó que el alcalde Mauricio Rodas le reclamara a gritos. ¿En qué tono habrían reclamado él o su líder ante un abuso?

La plaza, ícono quiteño, había soportado la víspera la instalación, también sin permiso municipal, de carpas para una feria organizada por entidades gubernamentales, y de una plataforma para artistas, como contrapartida a la marcha opositora que terminó en la plaza de San Francisco, un auténtico termómetro de la inconformidad quiteña, más allá de las evaluaciones interesadas.

Los daños en la Plaza Grande son significativos, iguales o parecidos a los que solían ser denunciados por el aparato de propaganda gubernamental en la administración del ex alcalde Augusto Barrera, como muestra del vandalismo opositor. Un mismo hecho visto con dos ópticas, pero al fin y al cabo un hecho de poca envergadura frente a otros de más ­importancia que también causan miopía.

Pareció prudente que el Gobierno no organizara contramarchas y que la evaluación, en general, haya sido sobria, aunque no por eso objetiva. El discurso que hay detrás, sobre todo de la dirigencia de AP, preocupa: las marchas, por sobre todo, fueron para ellos la muestra de la falta de conexión de los líderes opositores con la ciudadanía. ¿Y su propia conexión con la ciudadanía y la realidad?
En varias intervenciones se escucha que los temas que motivaron la protesta ya están siendo tramitados. Cabría preguntarse entonces por qué la gente salió a las calles, no para seguir a un líder opositor o a un gremio, sino solamente para mostrar inconformidad con algún punto específico del manejo gubernamental, desde las sobretasas a los productos importados hasta los derechos reproductivos de la mujer.

No tiene nada de malo que en una protesta confluyan distintos intereses e inconformidades; de hecho, la base de varios movimientos, incluyendo al que hoy gobierna, se ha fraguado en una confluencia que termina creando una sensibilidad y un liderazgo. Lo malo es que se siga pensando que, pese a que las circunstancias han cambiado, se pueda seguir dictando cátedra desde una supuesta superioridad moral.

Es miope seguir aplicando a todo la óptica del ganador; hay que aceptar y compartir los errores, y tratar de enmendarlos. Por ejemplo, la reciente emisión de bonos a corto plazo y a una alta tasa obliga a revisar el manejo de la deuda; la caída de los precios del petróleo obliga a analizar la falta de previsión al eliminar los fondos de ahorro que tenía el país. La tarea es amplia y dura.
La marcha es un reflejo de una situación compleja cuyo manejo amerita realismo, modestia y cabeza fría. De lo contrario, todos marcharemos…

marauz@elcomercio.org