Julio Echeverría

Marcha indígena

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18 de March de 2012 00:04

La marcha iniciada por el movimiento indígena y que llegará a Quito el 22 de este mes, alerta sobre la eventualidad del resurgimiento de enfrentamientos como los que otrora caracterizaron a este actor tan gravitante en el imaginario y en la conducta política del país.

El movimiento indígena de ninguna manera es un actor corporativo que apele a buscar beneficios que satisfagan su proyección en cuanto grupo de presión, o que sus reivindicaciones puedan ser transadas en un mercado político de ofrecimientos y negociaciones. Su capacidad de impacto interpela por lo general a estructuras profundas del acontecer político nacional; en su momento incidió fuertemente en el imaginario y en la identidad nacional transformando la comprensión que la sociedad ecuatoriana tenía de sí misma; esta se descubrió mestiza, indígena, multicultural, enriqueciendo de esta manera el reconocimiento que los ecuatorianos tenemos de nuestra historia y de nuestro pasado. El movimiento indígena enseñó al país el valor de la pluralidad y de las diferencias a las cuales desde entonces, con más claridad que antes, se las aprecia como un valor insoslayable que enriquece a la vida democrática. La fuerza de sus movilizaciones en los años 90 es lo que convierte a las constituciones de 1998 y a la de Montecristi, en cartas de derechos, con avances irreversibles e inderogables.

Ahora el movimiento indígena, al poner como eje de su movilización la reivindicación del derecho al agua y el rechazo a la explotación minera, plantea al país una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo: economicista y extractivista, como plantea el Gobierno; o centrado en el desarrollo humano, el buen vivir y los derechos de la naturaleza, de acuerdo a su cosmovisión y cultura (¿no era eso el sumak kawsay?).

Hace mal el Gobierno al poner obstáculos al avance de la marcha, porque solo la engrandece y fortalece su impacto. Hace mal el Gobierno al adjudicar a la marcha oscuras intenciones de desestabilizar la democracia, porque así evidencia sus propias debilidades. Hace mal en confundir la reivindicación de derechos con transacción política, porque trata de resolver con dádivas y acuerdos espurios una impugnación profunda a su programa de gobierno.

El Gobierno está demostrando una vez más que sus adversarios políticos son vistos como enemigos a los cuales hay que abatir, con quienes no se puede construir el país; cree, como antes de los años 90, que el país es o puede homogenizarse en una supuesta identidad nacional única en la cual no existan diferencias. El rol de las disidencias y de las voces diferentes es fundamental en la democracia. Su presencia contribuye a profundizar y realizar los principios fundamentales del convivir democrático.